viernes, 22 de septiembre de 2017

Museos | Museo de la tortura de Santillana del Mar




MUSEOS Y GALERÍAS DE ARTE

MUSEO DE LA TORTURA

SANTILLANA DEL MAR





Más de medio centenar de instrumentos de tortura y pena capital adornan las estancias de un particular y siniestro edificio: el del Museo de la Tortura de la Santillana del Mar. La exposición muestra guillotinas, potros, garrotes y cinturones de castidad que suponen la colección más grande de nuestro país.




Situado en pleno casco histórico de la localidad cántabra de Santillana del Mar, se encuentra uno de los museos más insólitos de España, el Museo de la Tortura y la Inquisición. Este original y macabro lugar reúne una colección de más de 50 instrumentos de tortura y pena capital originales de la Europa de los siglos XV hasta el XIX, cuando el Tribunal del Santo Oficio tenía potestad para castigar a la población como mejor le pareciese, con el fin (o la excusa) de preservar la pureza del catolicismo. Se trata de una tipología de museo histórico muy extendido en nuestro país debido a la longeva presencia de esta institución religiosa en España.


                                        


Los objetos fueron donados por una colección privada y pertenecen a distintos periodos de la historia, desde la edad media hasta la época industrial. Todos ellos han sido clasificados en función de su uso siguiendo un criterio de exposición funcional. Así, a través de sus tres plantas encontramos las secciones: “Castigo ejemplarizante y humillación pública”, “Castigo físico y tortura de reos”, “Instrumentos de ejecución” y “Aparatos creados para torturar específicamente a mujeres”.


Cada pieza se expone con ilustraciones históricas y con su correspondiente leyenda que resume cómo se usaba en aquellos tiempos, a qué tipo de delitos era aplicado ese castigo y en qué época y lugar se empleaba. En total el museo reúne más de 70 instrumentos de tortura entre piezas originales y reconstrucciones actuales.


                                        


El Tribunal del Santo Oficio español tenía la potestad monárquica de castigar a la población que atentara contra la pureza del catolicismo. No fue tan cruel como la pintan algunos historiadores, sobre todo extranjeros, pero sí purgó la Península Ibérica de lo que consideraba herejes al dogma que imperaba en sus reinos: castigó con alevosía a moriscos, judíos, brujas o hechiceros. También persiguió delitos menores como la blasfemia, la bigamia y algunas pintorescas prácticas supersticiosas.

La mayor parte de las causas perseguidas se relacionaban con opiniones que se desviaban de la ortodoxia de la Iglesia, consideradas heréticas. Otras causas eran difícilmente clasificables, como comer carne en vigila, presentar denuncias falsas, ofrecer misa sin ser sacerdote, tener libros prohibidos, prestar falso juramento, romper una imagen, guardarse la hostia después de comulgar,… Algunos de los castigos consistían en azotes, condena a galeras o cadena perpetua.


                                        


No obstante, la pena máxima era la ejecución del reo en la hoguera. Para lograr confesión la Inquisición no mostró remilgos a la hora de emplear diversos métodos de tortura que excedían en crueldad; como por ejemplo la rueda, un suplicio que consistía en atar al reo en una cruz de San Andrés, de modo que sus brazos y piernas formaran una X. De esta guisa el verdugo con la ayuda de una barra de hierro le iba dando un número nunca superior a 11 golpes, reservándose los últimos para quebrantar las costillas al reo.

Con la cuna de Judas, la víctima era izada verticalmente y descendida sobre la punta de una pirámide de tal manera que su peso reposaba sobre el punto situado en su ano, vagina o bajo el escroto. La presión de la víctima sobre el artefacto era variable, se le podía sacudir o hacerla caer repetidas veces sobre la punta. Mientras, la Garrucha o péndulo ataba las manos del reo a la espalda y se le elevaba hasta causarle la dislocación del húmero. También existían más castigos curiosos, como el aplastapulgares, el violón o la doncella de hierro, que consistía en un sarcófago lleno de clavos en su interior estratégicamente situados para no causar la muerte inmediata, sino heridas mortales de necesidad que prologarían la agonía del condenado.


                                        


Crueles además eran el potro, las sillas de interrogatorios con clavos y pinchos, los desgarradores de senos, la pera oral que se utilizaba en el ano y/o vagina del condenado/a, o la toca, que se basaba en la introducción de un paño en la boca hasta la garganta; se le echaba agua con una o varias jarras que iban dilatando el estómago.



DOCUMENTACIÓN


  • Museo de Tortura de Santillana del Mar
  • www.diariodelviajero.com
  • www.lugaresconhistoria.com






OTRAS IMÁGENES:


                                        

                                        



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