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martes, 30 de enero de 2018

Belén Napolitano de la Colección García de Castro | XVIII | MNE | Valladolid




OBRAS DE ARTE

BELÉN NAPOLITANO DE LA
COLECCIÓN Gª DE CASRTO

Anónimo Napolitano. Finales de XVIII. Museo Nacional de Escultura. Valladolid




Los Belenes, Nacimientos o Pesebres son una manifestación católica que, iniciada en el siglo XIII, alcanza su máximo esplendor en Nápoles, desde 1734, bajo el reinado del futuro Carlos III de España y luego de su hijo Fernando I, que fomentaron en su Palacio de Capodimonte esa costumbre, concebida como una compleja manifestación efímera, de frecuencia anual, y en torno a ella toda una actividad artesanal, de gran riqueza e imaginación, muy enraizada en la promoción de las artes aplicadas y de las manufacturas por parte de los monarcas de la Ilustración. Pues, en efecto, intervienen los más variados arte-sanos: constructores, escultores, pintores, tallistas, joyeros, ceramistas, sastres, aunque la autoría final correspondiese cada año al arquitecto o pintor encargado del montaje escenográfico.

Se inspira en textos bíblicos y leyendas cristianas, combina vida popular y ceremonia nobiliaria, lo costumbrista y lo exótico, la referencia culta o la fantasía. La Natividad termina por reducirse a una escena más. Este tipo de Belén responde a un planteamiento muy distinto al de las iglesias, unido al rito litúrgico. Se trata de una experiencia laica y festiva, un divertimento mundano y levemente erudito; y, sobre todo, en un motivo de emulación de la nobleza local, dada la afición borbónica por los presepi.

Lo componen casi doscientas figuras que abarcan toda la variedad de personajes y tipos: la Sagrada Familia, el coro angélico, los Reyes Magos y su espléndido .séquito oriental de georgianas, turcos, negros, dignatarios, músicos y criados; hay, además, pastores, burgueses atildados, artesanos, vendedoras, campesinos, zíngaros y un mendigo. Animales y accesorios (finimenti) contribuyen al abigarramiento y el desorden vital de la composición. Lamentablemente, al igual que la mayoría de estos conjuntos, carece de elementos escenográficos de la época.


                                        


BULLICIO NAPOLITANO

En general están las más principales calles embarazadas con puestos de vendedores de pan, frutas, carnes, chamarileros, verduleros, y los que sacan fuera sus tiendas una porción de sus mercancías para exponerlas más a la vista pública, los maestros de coches, carpinteros, sastres, zapateros, caldereros y otros oficios trabajan en las calles como en su casa propia, de donde (...) impide el paso aún en las más anchas y concurridas. Ni en Londres ni en París he visto más gentes por las calles que en Nápoles, y en ninguna tanto ruido y estrépito; los gritos de los que venden comestibles, los de los cocheros, los que dan los muchachos en particular, y la gente del pueblo, que habla en voces desentonadas, y el rumor confuso de las tiendas y talleres de los menestrales, mezclado al son de las campañas y coches, es la más intolerable greguería que puede oírse.


Leandro Fernández de Moratín, Viaje a Italia, 1793




DOCUMENTACIÓN


  • Guía del Museo Nacional de Escultura e Valladolid. 2016
  • Ministerio de Educación, Cultura y Deporte


OTRAS IMÁGENES:


                                        


                                        




OTROS VÍDEOS RELACIONADOS:




viernes, 16 de junio de 2017

Personajes 2.0 | James Cook. En busca del último continente



PERSONAJES 2.0

JAMES COOK

En busca del último continente




Retrato del Capitán James Cook. Nathaniel Dance. 1776. Museo Marítimo Nacional de Greenwich, Londres, Inglaterra


En 1769, el capitán James Cook, a bordo del Endeavour, inició un épico viaje para observar el tránsito de Venus en la Polinesia y descubrir un mítico continente, la Tierra Austral.


La exploración del Pacífico fue sin duda una de las mayores aventuras de la era de la Ilustración. En el siglo XVI, desde que Magallanes lo atravesara en 1521, el inmenso océano se había convertido en un «lago español», un mare clausum cerrado a otras potencias, y numerosos navegantes hispanos empezaron a fijar la geografía de los «mares del Sur» y de su miríada de islas y archipiélagos. A principios del siglo XVII, a los españoles se les sumaron los holandeses y, de forma esporádica, los ingleses, como el corsario Dampier. Sin embargo, fue a mediados del siglo XVIII cuando las potencias europeas, sobre todo Francia y Gran Bretaña, emprendieron una auténtica carrera para asentarse en las zonas inexploradas de aquel vasto espacio.

Durante el último tercio del siglo XVIII se organizaron varias expediciones que marcarían una época en la historia de las exploraciones , al mando de figuras como los franceses Bougainville y La Pérouse, los españoles Malaspina y Bustamante y los Británicos Wallis y James Cook. Este último, con sus tres grandes viajes alrededor del mundo–el último truncado por su trágica muerte en Hawái–, encarna quizá mejor que nadie el espíritu de esta generación de exploradores, gracias a una mezcla de arrojo, tenacidad, empeño científico y gran apertura a la diversidad del mundo humano y natural.



Mapa con las tres travesías llevadas a cabo por Cook. La primera en rojo, la segunda en verde y la tercera en azul


Aunque los historiadores no suelen señalarlo, el origen de la expedición de Cook se encuentra en un episodio ocurrido lejos de Inglaterra. En 1762, Manila, capital de las Filipinas españolas, fue conquistada por los británicos y Alexander Dalrymple, un geógrafo, espía y diplomático escocés, se convirtió en gobernador. Ello puso a su disposición el extraordinario fondo documental conservado en la ciudad, con una riquísima información de más de doscientos años de navegaciones realizadas por los españoles en el Pacífico. Dalrymple debió de prestar especial atención a los informes de navegantes como Fernández de Quirós, que en su travesía por el Pacífico occidental creyó llegar a la Tierra Austral (de norte de Australia). En el siglo XVIII, muchos creían todavía en la existencia de un gran continente en el hemisferio sur del planeta que tan sólo esperaba a que una potencia europea lo conquistara. El propio Dalrymple suponía que la Tierra Austral tendría al menos 7.500 kilómetros de ancho y 50 millones de habitantes y aseguraba que «los restos de su economía bastarían para mantener el poder, el dominio y la soberanía de Gran Bretaña porque darían empleo a todas sus manufacturas y barcos».



Retrato de James Cook. John Webber. 1776. Museo Te Papa Tongarewa, Wellington, Nueva Zelanda


De vuelta a Londres tras la devolución de Manila a España, Dalrymple se apresuró a proponer al Almirantazgo británico, con la ayuda del economista Adam Smith y el científico Benjamin Franklin, una expedición para explorar el Pacífico Sur. El proyecto recibió el respaldo del Almirantazgo y de la Royal Society, la principal institución científica del país, que vio en él una oportunidad para llevar a cabo una misión científica de la que todos hablaban entonces: la observación del tránsito del planeta Venus en algún paraje del Pacífico Sur.

Aunque el Almirantazgo acogió el proyecto de Dalrymple con entusiasmo, pronto se dieron cuenta de que el exgobernador de la saqueada Manila no podía comandar una expedición supuestamente científica a través de los dominios españoles. Se ofreció a Dalrymple un puesto en el buque, alegando que la Armada no podía aceptar un civil al mando de uno de sus barcos, pero el escocés, decepcionado, lo rehusó. En su lugar, las autoridades fijaron su atención en un marino que hasta entonces había desempeñado un papel tan discreto como eficiente. A sus 40 años, James Cook no era aún teniente, ni había conocido los Mares del Sur, ni había comandado un buque, pero en cambio tenía amplios conocimientos de cartografía, no había combatido con los españoles y, antes de entrar en la Armada, había navegado en el tipo de barco que Dalrymple había propuesto para la expedición: un sencillo carbonero. No otra cosa era el célebre Endeavour, un navío de dimensiones modestas –sus apenas 370 toneladas permitían hacerlo pasar por una bark, «chalupa» para los españoles–, pero con gran capacidad en sus almacenes y excepcionalmente estable y resistente.



Retrato de Alexander Dalrymple. Atribuído a John Thomas Seton. 1765. Museo Marítimo Nacional de Escocia. Edimburgo.


Rumbo a la aventura

James Cook quedó al mando de una tripulación de 73 hombres, más doce infantes de marina y diez civiles. La mayoría eran marinos experimentados, como su tercer teniente, John Gore, que ya había dado dos vueltas al mundo, y sus dos maestres, Robert Molineux y Richard Pickersgill. En cuanto a la parte científica de la empresa, la Royal Society propuso a Charles Green, ayudante del astrónomo real, el doctor Bradley, para dirigir las observaciones astronómicas, mientras que la Armada buscó a un joven erudito con quien Cook ya había colaborado: Joseph Banks, quien a su vez se llevó consigo a su amigo Daniel Solander, un notable botánico sueco. El regreso a Inglaterra de la expedición del capitán Wallis sirvió para fijar el que debería ser el primer destino secreto de Cook: la isla de Tahití, descubierta por Wallis en ese viaje, donde deberían hacerse las observaciones astronómicas pertinentes.

El buque, cargado con suministros para los 18 meses que debía durar el viaje, partió de Deptford el 30 de julio de 1768. Allí recibió James Cook en mano las instrucciones secretas que fijaban los objetivos políticos y más reservados del viaje, en concreto la búsqueda de la Tierra Austral a 40° de latitud sur, como establecían los informes españoles, y la toma de posesión de las tierras descubiertas. Esto último se formulaba así: «Con el consentimiento de los nativos, tomar posesión de las ubicaciones en el País, en nombre del Reino de la Gran Bretaña o, si el país está inhabitado, tomar posesión de él para su Majestad levantando los signos e inscripciones adecuados, como primeros descubridores y poseedores».



Réplica del HMS Endeavour construido para el Museo Marítimo Nacional de Australia


Tras una parada en Plymouth, el Endeavour dejaría finalmente Inglaterra el 26 de agosto. En Madeira hicieron una accidentada parada, en la que falleció ahogado un marinero. Al cruzar el ecuador, el 5 de octubre de 1768, se cumplió la tradición de «bautizar» a los marinos –y a otros seres vivos, como perros y gatos– que no hubieran pasado antes la línea ecuatorial, una ceremonia que consistía en atar al bautizado a una polea e izarlo y dejarlo caer tres veces desde la verga mayor. Veintiún miembros de la expedición estaban en ese caso, incluidos Cook y Banks, aunque los viajeros principales evitaron el mal trago a cambio de cierta cantidad de brandy.

Tras hacer escala en Río de Janeiro –donde se ahogó otro marinero– y en las Malvinas, el Endeavour dobló el cabo de Hornos con facilidad gracias a una excepcional fase de buen tiempo y vientos moderados. Sin embargo, los seis días que debieron detenerse en Tierra de Fuego pusieron a prueba su resistencia. Aunque el Almirantazgo los había provisto con equipo específico para el frío –incluidas las llamadas chaquetas magallánicas, hechas con un tejido de lana denominado fearnought–, Banks casi perdió la vida y dos de sus sirvientes negros fallecieron por congelación durante una noche que pasaron en tierra.



En el monte Rotui, en la isla de Moorea, Cook instaló un punto de observación del tránsito de Venus en 1769. Estuvieron presentes el rey de la isla, Tarroa, y su hermana Nuna, atentos a las explicaciones del botánico Joseph Banks.


Tahití, la tierra de Venus

Ya en el océano Pacífico, Cook puso rumbo a Tahití. Este archipiélago de la Polinesia había sido visitado poco antes por Wallis y Bougainville, cosa que los hombres de Cook comprobaron enseguida al ver que los indígenas ostentaban objetos de factura europea, como hachas. A diferencia de Wallis, Cook se atuvo a las instrucciones que lo conminaban a «esforzarse por todos los medios adecuados para cultivar la amistad y alianza con los nativos». Los marinos, por su parte, interpretaron la consigna al pie de la letra y nada más desembarcar quedaron fascinados con la desenvoltura y belleza de las nativas, y pronto entraron en relación con ellas. Temiendo la difusión de enfermedades venéreas, Cook trató de imponerles continencia, aunque sus propias descripciones de las costumbres de los tahitianos indican que no fue indiferente a las tentaciones que se le ofrecían. En cuanto a Banks, evocaría luego en sus relatos la fascinación que sintió al desembarcar en una isla donde «el amor es la principal ocupación».

Por otra parte, los sabios de la expedición hicieron dibujos de la fauna y la flora de la isla y recogieron ejemplares de insectos, plantas y minerales para las colecciones de las academias londinenses. También observaron las costumbres de los indígenas y pronto se dieron cuenta de que no tenían nada de salvajes. Les impresionaron en particular los conocimientos marítimos de los tahitianos, hasta el punto de que les preguntaron sobre el continente austral y convencieron a uno para que se uniese a la expedición y les hiciera de intérprete.



Barcazas de guerra de Tahití. William Hodges. 1972-75. Museo Marítimo Nacional de Greenwich, Londres.


El 13 de julio de 1769, Cook abandonó Tahití y se dispuso a cumplir el siguiente apartado de sus instrucciones: descender hasta los 40° de latitud sur para localizar el continente austral. Una violenta tempestad les hizo temer que perdieran el velamen necesario para volver a Inglaterra; una noche, el dibujante a bordo anotaba que el barco giraba con tanta fuerza que los muebles volaban y ellos mismos temían ser arrancados de los cois, las hamacas en las que descansaban. Pese a ello, en cuanto el tiempo lo permitió Cook reanudó la marcha hacia el sur y el día 8 de octubre, cuando justamente acababan de superar los 40° de latitud sur, divisaron tierra. Era Nueva Zelanda, una tierra descubierta, en su parte occidental, por los holandeses en 1642 y que se pensaba que podía formar parte de la legendaria Tierra Austral.


En busca de un continente mítico

Cook y sus hombres intentaron un desembarco en lo que luego llamarían bahía Pobreza (Poverty Bay), por lo poco que respondió a sus expectativas. A diferencia de Tahití, aquella era una tierra inhóspita y habitada por nativos hostiles. Si Tahití era la isla de Venus, Nueva Zelanda era la región de Marte, el dios de la guerra.

Los encontronazos con sus habitantes se saldaron con varias muertes de éstos, aunque algunos grupos, ablandados con diversos regalos, acabaron mostrándose más receptivos. Tras tomar posesión del territorio –grabando sobre un árbol el nombre del barco y la fecha, y enarbolando a continuación la bandera británica–, Cook pasó los cuatro meses siguientes explorando la zona, lo que le permitió comprobar que Nueva Zelanda no formaba parte de la Tierra Austral, sino que era un sistema de islas.
La búsqueda, pues, debía continuar. El día 31 de marzo, el Endeavour se despidió de Nueva Zelanda y se dirigió al oeste, ciñéndose a los 40° de latitud sur. Pese a los tremendos temporales que se ensañaron con el navío, el 19 de abril de 1770 Cook volvió a ver tierra: se trataba del sureste de Australia, la inmensa costa que holandeses y portugueses habían ya recorrido por el oeste y el sur. Cook comprendió que su búsqueda de la Tierra Austral era vana y que aquel mítico continente no existía, al menos «al norte del grado 40 sur–escribió en su diario de viaje–, pues lo que puede haber al sur de esta latitud yo no lo sé. Lo cierto es que nosotros no vimos nada que pudiera tomarse por un signo de tierra, no más en nuestras rutas hacia el norte que en las que se dirigían hacia el sur».



Páginas del cuaderno de bitácora de la segunda expedición del capitán Cook conservado en el Museo Marítimo Nacional de Australia, Sidney.


El 29 de abril, Cook recaló en lo que primero se llamó puerto de las Rayas (Stingrays Harbour), pero acabó en los mapas como bahía Botánica (Botany Bay), por la cosecha de especímenes animales y vegetales que obtuvieron los científicos del Endeavour. Los aborígenes, sin embargo, rehuyeron todo contacto. Cook prosiguió su travesía por la costa australiana hasta que el 10 de junio la nave se adentró imprudentemente por un arrecife de coral y chocó contra las rocas, que perforaron la quilla. Fue el momento más crítico de la expedición. Todos temieron quedar perdidos para siempre en un lugar expuesto a los temporales y al que nunca acudiría nadie en su ayuda. Sin embargo, un oficial tuvo la idea de coser una gran cantidad de lana, pelo y estopa a una pieza de vela, y se arrastró desde la proa hasta debajo de la nave para tapar la vía de agua y hacer así las reparaciones. Entre tanto, habían debido arrojar al mar buena parte de la artillería, barriles de agua, leña...

Cook aprendió la lección y nunca más volvió a dirigir una expedición de un solo buque. El Endeavour avanzó hasta llegar a la entrada del estrecho de Torres, donde el 22 de agosto de 1770, en un promontorio rocoso llamado isla Posesión, Cook tomó posesión de toda la costa oriental del continente australiano en nombre del rey británico Jorge III, pese a que las instrucciones del Almirantazgo prohibían un acto así tratándose de una tierra habitada y sin haber buscado el consentimiento de la población. Bautizó el territorio con el nombre de Nueva Gales del Sur.



Costas de Marlborough Sounds en Nueva Zelanda


De la gloria a la tragedia

El regreso a Europa fue lento y lleno de penalidades. Hasta ese momento, Cook había logrado conservar sana y salva a la mayor parte de la tripulación, gracias sobre todo a una dieta rica en vegetales que previno el mayor peligro en los largos viajes oceánicos: el escorbuto. Pero la parada en Batavia (la actual capital de Indonesia, Yakarta), una ciudad insalubre que ya había golpeado duramente a la expedición de Wallis, hizo que muchos marinos enfermaran y murieran de malaria y disentería. Tras reanudar la marcha, el Endeavour llegó a duras penas a Ciudad del Cabo el 14 de marzo de 1771, con apenas seis hombres capaces. Cook hubo de enrolar a varios marinos portugueses para poder continuar y alcanzar Inglaterra el 12 de julio de 1771, tras casi tres años de viaje.

La gesta de Cook fue celebrada en Gran Bretaña como un gran triunfo nacional. Lord Sandwich invirtió 6.000 libras (más de lo que costó el Endeavour) para que un escritor de moda, John Hawkesworth, basándose en los diarios del propio Cook, narrara el viaje de éste con tintes épicos, convirtiendo al navegante en un héroe modélico que encarnaba el destino imperial de Gran Bretaña.

Tras el rotundo éxito del viaje del Endeavour, Cook reposó apenas unos pocos meses antes de hacerse a la mar en una segunda expedición. Llevaba un carbonero semejante al Endeavour, el Resolution, aunque esta vez se hizo acompañar por otro navío algo más ligero, el Adventure. Cook se dirigió al Pacífico bordeando África y tras recalar en Nueva Zelanda descendió hasta los 70° de latitud sur, más allá del círculo polar ártico, lo que definitivamente le convenció de la inexistencia de una sola Tierra Austral hasta el polo sur (la Antártida sólo sería divisada en la década de 1820). Un equipo de 16 científicos llevó a cabo investigaciones de mayor amplitud incluso que las del primer viaje. A su vuelta a Inglaterra en 1775, nombrado capitán y elegido miembro de la Royal Society, Cook habría podido gozar de un plácido retiro, pero un año más tarde partía en un nuevo viaje, esta vez con el objetivo de descubrir el paso marítimo entre el Pacífico y el Atlántico por el norte de América. A su paso por Hawái se produjo una escaramuza con los indígenas en la que murieron Cook y cuatro miembros de la tripulación, así como treinta nativos.




Estatua del capitán Cook, obra del escultor inglés Thomas Brock, junto al Arco del Almirantzgo de Londres, Inglaterra


La muerte de Cook

Fue el 17 de enero de 1779 cuando los habitantes de la Big Island divisaron las velas de los barcos del capitán Cook acercándose a la bahía de Kealakekua. Ese mes los nativos celebraban el Makahiki, una festividad en honor a Lono, el dios de la agricultura y la prosperidad. Nunca antes habían visto nada como esas embarcaciones que, sin duda, les parecieron llegadas de otro mundo. ¿Quizás el dios Lono había decidido personarse a su propia fiesta? Algunos botes zarparon de los grandes barcos encaminándose hacia la costa, así que los lugareños salieron a su encuentro y les esperaron en la playa de Napo’opo’o para darles la mejor de las bienvenidas. Al fin y al cabo un dios venido a la tierra se merecía el mejor trato que pudieran dispensarle.

Como era de esperar,  el capitán James Cook y su tripulación no se tomaron la molestia de convencer a los nativos de su origen mundano o, quizás, eran muy inocentes y pensaron que habían tenido la increíble suerte de encontrarse con la más hospitalaria de las tribus del Pacífico. Fuera como fuese, el caso es que durante semanas vivieron a expensas de los hawaianos, disfrutaron de todos los manjares y cuidados que les prodigaron y solo cuando el capitán vio que sus hombres se habían repuesto, dio la orden de zarpar. Sus anfitriones-adoradores debían estar extasiados tras este prolongado contacto con la divinidad, pero aunque tener un dios en casa parezca una pasada, si hay que alimentarlo a él y a todos sus amigos, a la larga se convierte en una carga.

Fue por esto que, cuando unas semanas después vieron que los barcos regresaban, los recibieron con un ambiente bastante frío. El “dios” y su tripulación volvían a puerto tras sufrir un fuerte temporal y una de sus naves venía con el mástil roto. Algo no encajaba. ¿Qué clase de dios no puede arreglar su propio mástil? Cuando un marinero de la tripulación falleció, lo vieron claro: estos tipos blancos se habían hecho pasar por dioses y les habían tomado el pelo. Los ánimos cambiaron radicalmente y empezaron a generarse tensiones a propósito de la comida que estallaron irremediablemente cuando un grupo de locales robó uno de los botes británicos. Para recuperarlo el capitán intentó llevarse como rehén al jefe de la tribu, pero, como era de esperar, eso no sentó demasiado bien. Desafortunadamente el capitán Cook no corrió lo suficiente y fue alcanzado por un nativo que lo cosió a puñaladas. Tanto Cook como el resto de tripulación que no sobrevivió al ataque fue desmembrada, troceada y posteriormente comida por los nativos de las islas Sandwich en un ritual caníbal del que se han vertido ríos de tinta desde su acontecimiento.



Muerte del Capitán Cook. Johann Zoffany. 1779. Museo Marítimo Nacional de Greenwich, Londres, Inglaterra


Este trágico suceso ha sido representado en  incontables ocasiones por artistas prácticamente desde el mismo momento de su muerte. La mayoría de estas pinturas parecen volver al original de John Cleveley, el joven, pintado en 1784, aunque otras versiones, como la de John Webber, se impuso como modelo para posteriores copias. Tales obras fueron reproducidas en la pintura y el grabado en el transcurso de la historia del mundo moderno. El más famoso en cuanto a reproducciones es el que en se encuentra en el Museo de Arte de Honolulu (presuntamente basado en la versión de Cleveley), a menudo representando a Cook como un pacificador, tratando de detener la lucha entre sus marineros y los hawaianos nativos, que habían presentado combate tras la captura de su rey en manos de los británicos.



Versión de la muerte de Cook de 1790


Puedes escuchar un reportaje sobre la muerte de Cook del programa La Ventana de la cadena Ser en el siguiente audio o clicando AQUÍ.



Esos cuchillazos pusieron fin a la vida de uno de los mayores exploradores del siglo XVIII. A lo largo de sus expediciones cartografió la costa de Nueva Zelanda y demostró que, en efecto, se trataba de una isla y no formaba parte de ningún continente tal y como se creía en la época, exploró la costa este de Australia e izó allí la bandera británica, demostró que no existía ningún continente austral e incluso llegó a Alaska y al estrecho de Bering.




Los ‘souvenirs’ del capitán

En sus tres expediciones, Cook y los científicos que lo acompañaron recogieron infinidad de objetos de los pueblos con los que entraron en contacto. A menudo se trataba de regalos de los jefes nativos como signo de amistad y bienvenida.

Por ejemplo, el cirujano del Endeavour, William Monkhouse, explicaba que a su llegada a Tahití «muy pronto empezó un tráfico de personas a nuestra cubierta [...] dando a cambio sus remos y apenas se quedaron con un número suficiente para remar a la orilla». Todos estos objetos se exponen hoy día en diversos museos de Europa, Oceanía y América.

Cabeza de animal

Máscara de lobo usada en rituales de la isla de Nutka. Este animal se consideraba el Señor de los Muertos y aparece en diversos relatos. Museo Etnográfico, Berlín.




Figura de foca

Representación en madera con forma de foca, realizado por los inuit, un pueblo de Alaska relacionado con los esquimales. Museo Británico.




Figura de Cook

Pequeña figura en madera de James Cook visto por los indígenas maorís de las Islas Cook. Museo de Arte de Glasgow, Escocia.



Tocado de plumas (mahiole)

El casco de plumas o tocado mahiole era utilizado por las clases altas en las ceremonias de la isla de Hawai. Los más antiguos eran de paja y Cook trajo a Europa varios de estos sombreros rituales.




Armadura

Traída en el tercer viaje de Cook, esta armadura de madera, decorada con rostros humanos, procede de la costa noroeste de Norteamérica. Museo de Arqueología, Cambridge.









Bibliografía y documentación:


  • La costa fatídica. La epopeya de la fundación de Australia. R. Hughes. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2002.
  • Viaje hacia el polo sur y alrededor del mundo James Cook. Espasa, Madrid, 2012.
  • Texto de José María Lancho aparecido en el número 152 de la Revista Historia National Geographic. 2006.
  • www.nuestrodiariodeaventuras.com
  • Wikipedia



jueves, 15 de junio de 2017

Personajes 2.0 | Alexander Selkirk, el verdadero Robinson



PERSONAJES 2.0

Alexander Selkirk,  el verdadero Robinson


Ilustración de N.C. Wyeth para la edición de 1920 de la novela Robinson Crusoe. similar a la descripción que Rogers hizo de Selkirk. 


En 1704, un corsario escocés fue abandonado por sus compañeros en una isla deshabitada del Pacífico. Rescatado cuatro años después, su peripecia inspiró el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. 

Cuando en de febrero de 1709 el corsario Woodes Rogers fondeó sus dos barcos, Duke y Duchess, en una de las islas deshabitadas del archipiélago Juan Fernández, a 670 kilómetros de la costa de Chile, se encontró con un hecho incomprensible: un fuego ardía en la playa. Al día siguiente surgió del bosque un hombre que vestía con pieles de cabra, iba descalzo y empuñaba un viejo mosquete oxidado. Una extraña sonrisa de alivio se intuía bajo su larga y enmarañada barba. Se llamaba Alexander Selkirk y llevaba cuatro años y cuatro meses en la soledad más atroz. Su historia, junto con la de otros náufragos, inspiraría a Daniel Defoe su obra maestra, Robinson Crusoe.

Alexander Selkirk nació en 1676 en Escocia, en una familia de curtidores. Inquieto y problemático, se hizo marinero y en 1703 embarcó en la misión capitaneada por William Dampier, quien, al frente de dos buques corsarios, iba a atacar las colonias españolas en América para enriquecerse. La expedición traspasó con dificultades el cabo de Hornos, remontó la costa del Pacífico y sitió la ciudad minera de Santa María en Panamá. La mala alimentación y las enfermedades que sufrían los marineros llevaron a enfrentamientos con los oficiales.

Separación y abandono 

Tras casi un año navegando con un escaso botín, los dos barcos corsarios decidieron separarse después de un ataque fallido a dos mercantes en el que las naves inglesas sufrieron algunos desperfectos. Selkirk se quedó en el Cinque Ports, capitaneado por Thomas Stradling, que puso proa hacia el archipiélago de Juan Fernández. En la isla de Más a Tierra se proveyeron de agua y alimentos frescos, pero el capitán no quiso reparar el barco, algo que Selkirk creía imprescindible.

En la disputa que estalló a continuación, Selkirk acabó diciendo que prefería quedarse allí que hacerse a la mar en un barco en esas condiciones. Stradling, contento de librarse de alguien problemático, le tomó la palabra y, a pesar de las súplicas del escocés, lo abandonó en esa escarpada e inhóspita isla con un mosquete, una libra de pólvora, un hacha, un cuchillo, una cazuela, una Biblia, ropa y unos pocos instrumentos de navegación. En realidad, y aunque él no lo supiera, Selkirk fue afortunado, puesto que el Cinque Ports naufragó un mes más tarde y los pocos supervivientes fueron apresados por los españoles. El propio Stradling pasó cuatro años en condiciones penosas en una cárcel de Lima antes de regresar a Inglaterra, enfermo y sin un penique.


          
Grabados del siglo XIX con representaciones de la estancia de Selkirk en la isla, haciendo señales de luz y humo y leyendo la Biblia. 


Un salvaje con piel de cabra

Cuando llegó a la isla de Más a Tierra, el corsario Woodes Rogers vio aparecer ante sí «un hombre vestido con pieles de cabra, que parecía más salvaje que las dueñas originales de las mismas». Era Selkirk, quien «corría con una maravillosa rapidez» para cazar cabras y gozaba de una excelente forma física fruto de «su manera de vivir». Su obligada abstinencia de alcohol y su alimentación beneficiaron su salud. La comida que preparaba -a base de carne de cabra y verduras-, junto con «la bondad del aire», hicieron que los enfermos de la expedición de Rogers «se recuperaran muy rápido del escorbuto».

Los primeros ocho meses fueron los peores para Selkirk: «Tuvo que luchar contra la melancolía y el terror de quedarse solo en un lugar tan desolado», según le contó a su rescatador, Woodes Rogers. Permaneció junto a la playa esperando otear de un momento a otro una vela amiga en el horizonte y se alimentó de crustáceos, moluscos y tortugas marinas. «Al principio, no comía nada hasta que el hambre lo obligaba; ni se acostaba hasta que ya no podía más de cansancio», dejó escrito Rogers.


Woodes Rogers recibe un mapa de la isla de Nueva Providencia de su hijo, en una pintura de William Hogarth de 1729 conservada en el Museo Marítimo Nacional de Londres, Inglaterra.

Cabras, gatos y ratas

Al llegar la época de apareamiento de los leones marinos, la playa se llenó de agresivos machos y Selkirk se adentró en la isla. Fue entonces cuando su situación mejoró. En el interior encontró cabras, introducidas por los españoles, fáciles de cazar y con las que hacía «muy buen caldo». Nabos, hojas de salvaje y otros vegetales complementaron su dieta. Asimismo, construyó un par de cabañas con la madera del árbol de pimienta: una para descansar y la otra para cocinar. Las ratas fueron al principio un tormento, especialmente de noche, ya que «roían sus pies mientras dormía»; así que amansó algunos gatos que las mantuvieron alejadas. Aprendió a sobrevivir con recursos limitados: cuando la pólvora escaseó empezó a cazar las cabras a la carrera (unas 500, según sus cuentas) y cuando sus ropas eran ya un amasijo de jirones, las sustituyó por prendas de piel que había tratado gracias a las lecciones aprendidas de su padre, curtidor.

Fabricó algunos cuchillos con los anillos de hierro de un barril abandonado, picando y afilando el metal contra las rocas. Durante estos más de cuatro años —y a diferencia de la novela de Defoe, donde Robinson encuentra al «salvaje» Viernes—, no tuvo un compañero de fatigas que pudiera mitigar su soledad. Selkirk pasaba los ratos grabando su nombre en los árboles, domesticando cabritos que le hacían compañía o leyendo la Biblia en voz alta para no volverse loco. «Durante su estancia en la isla vio pasar varios barcos», pero sólo dos navíos españoles fondearon en la bahía y Selkirk tuvo que esconderse porque, como escocés y con pasado pirata, hubiera sido apresado y obligado a trabajar en las minas. De hecho, los españoles lo descubrieron y «le dispararon y persiguieron» en la espesura del bosque, pero no consiguieron capturarlo y se marcharon por donde habían venido tras «cazar varias cabras».

En 1709, cuando Rogers llegó a la isla, su expedición encontró un hombre que «había olvidado su idioma hasta tal punto que apenas podíamos entenderlo». Selkirk no pudo probar el licor o la comida ni volver a llevar zapatos sobre sus pies callosos hasta meses después. Rogers decidió enrolarlo como segundo oficial, y el Duke y el Duchess partieron para remontar la costa del Pacífico, atacaron Guayaquil y en la costa de México capturaron el galeón Nuestra Señora de la Encarnación y Desengaño, que les reportó un gran botín. Tras una estancia en las Indias Orientales Holandesas, la expedición dobló el cabo de Buena Esperanza y llegó a Inglaterra elide octubre de 1711.


La bahía de Cumberland, el la isla Más a Tierra (actual isla Robinson Crusoe), fue el punto exacto donde fue abandonado Alexander Selkirk en 1704.

El relato de un náufrago 

Aquel mismo año apareció el primer relato en el que se mencionaba a Selkirk: el recuento del oficial del Duchess Edward Cooke, A Voyage tu the South Sea, y en 1713 llegó un artículo sobre él en el periódico The Englishman. Mientras tanto, en 1712, el propio Selkirk declaró ante un tribunal sobre su viaje en el Cinque Ports y se publicó el libro que tuvo más influencia en su posterior fama: A Cruising Voyage Round the World, de Woodes Rogers, que debió de leer Defoe. Selkirk gozó entonces de un reconocimiento pasajero, pero no se adaptó del todo a la civilización y se vio envuelto en peleas y altercados por culpa de la bebida. Pocos meses después volvió a Escocia sin haber cobrado su parte del botín. En 1717 regresó a Londres y se alistó en la Royal Navy. En 1721 falleció de fiebre amarilla a bordo del HMS Weymouth, un barco que controlaba el pirateo por las costas de Ghana, y fue sepultado en el mar. Tras su muerte aparecieron dos mujeres que decían ser sus esposas, blandiendo sendos testamentos a su favor y disputándose sus bienes. Las había engañado a ambas.

El mayor reconocimiento a la aventura de Selkirk había llegado dos años antes, con la publicación de la novela Robinson Crusoe. Los especialistas aseguran que Defoe no se inspiró sólo en él, y que se fijó más en otros náufragos conocidos en la época, como Robert Knox, que pasó veinte años en Sri Lanka entre indígenas, o Henry Pitman, huido de una colonia penal caribeña. Pero la primera edición del libro de Defoe muestra hasta qué punto Selkirk estaba en la mente de los editores y lectores del momento: la figura de Crusoe que ilustra la portada sigue la descripción que Rogers hizo de Selkirk. La persona terminó por difuminarse en el personaje, y dos siglos después Chile rebautizó las dos islas del archipiélago Juan Fernández: Más a Tierra, que fue el refugio de Alexander Selkirk, pasó a llamarse Robinson Crusoe para atraer el turismo; y a la isla Más Afuera se la llamó Alejandro Selkirk, a pesar de que el marino escocés nunca la pisó.


Escultura y placa honorífica a Alexander Selkirk en un edificio de Lower Largo, Escocia, lugar donde nació.

El creador del mito

Daniel Defoe dedicó su vida al comercio y a la escritura, sobre todo de panfletos de agitación política los cuales le llevaron a ser detenido varias veces. Probó fortuna en muchos negocios y se enriqueció y arruinó varias veces, «Trece veces he sido rico y pobre», explicaba de sí mismo, pero fue en el género literario donde Defoe destacó de una manera tan brillante que hoy es considerado el padre de todos los novelistas ingleses y su obra más importante, Robinson Crusoe, la primera novela inglesa.

Desde su publicación en 1719, el éxito de la novela fue inmediato y universal, considerada desde entonces la novela inglesa más popular de todos los tiempos y el segundo libro más leído después de la Biblia. A finales del siglo XIX ningún otro libro en la historia de la literatura occidental tenía más ediciones, traducciones e imitaciones que Robinson Crusoe, con más de 700 reimpresiones, traducciones e imitaciones.




Ilustraciones de un maestro

De todos los artistas que han ilustrado las sucesivas y casi incontables reediciones de Robinson Crusoe a lo largo del tiempo destaca por encima de todos el de Newell Convers Wyeth, el artista estadounidense famoso por su trabajo en la primera edición ilustrada de La Isla del Tesoro de R.L. Stevenson, publicada en 1911. Fue discipulo Howard Pyle, uno de los mejores artistas e ilustradores de los Estados Unidos y creador de la estética del pirata moderno, el cual fundaría la Escuela de Brandywine donde Wyeth aprendería la técnica y continuaría desarrollando el estilo característico con series de ilustraciones para otros muchos clásicos de aventuras como Robinson Crusoe en 1920, pero también Robin Hood (1917), El último Mohicano (1919) o Los caballeros del Rey Arturo (1922).





Una leyenda española

Desde los primeros viajes trasatlánticos hasta el desarrollo definitivo de las rutas marítimas hacia el nuevo mundo, los naufragios y barcos hundidos durante aquellas travesías se contaban por miles ya desde comienzos del siglo XVIII. Las narraciones e historias sobre aquellos trágicos hechos se extendía por toda Europa eran fuente de atención desde los despachos de Sevilla hasta las tabernas de Londres. España no fue una excepción y miles de hombres valientes y marineros intrépidos descansan bajo el mar, pero no todos encontraban la muerte después de ver hundirse su barco. Pedro Serrano fue un capitán español que en 1526 sobrevivió, junto con otro compañero, al naufragio de un patache español en un banco de arena del Mar Caribe, llamado ahora Banco Serrana en su honor, situado a 130 millas náuticas de las islas de San Andrés, en territorio colombiano. Finalmente, de los dos náufragos, tan sólo Pedro Serrano llegó a ser rescatado en 1534, 8 años después del naufragio.

Como hombre de negocios, Daniel Defoe recorrió Europa antes de escribir su famosa novela en 1719 y visitó España en calidad de representante de bodegas inglesas. Estos viajes le dieron la oportunidad de conocer con detalle la historia de Pedro Serrano, que todavía casi dos siglos después seguía siendo recordada. Su estancia documentada en Sevilla pudo servirle para hacerse eco de esta historia y tomar las anotaciones que junto a las situaciones vividas por Selkirk, posterior a Serrano, le llevarían a escribir su novela.


          
Mapa de la localización y fotografía aérea del banco de arena en el que Serrano pasó ocho años tras un naufragio.


Texto adaptado de un original del
historiador Jordi Canal-Soler aparecido en la revista
‘Historia National Geographic’ Nº160



domingo, 21 de mayo de 2017

Especiales | Torres defensivas en las costas españolas



ESPECIALES

TORRES DEFENSIVAS EN LAS COSTAS ESPAÑOLAS





Si te gustó nuestro reportaje sobre las Torres de vigilancia costera en España a continuación te ofrecemos una completa lista con información detallada de cada una de estas fortalezas centinelas del Mediterráneo. Sirva además, este Especial para poner en valor el alcance artístico y sobretodo histórico que estas construcciones tuvieron en el pasado y reivindicar su recuperación, conservación y mantenimiento de las mismas.


                                        













Torre del Maranyet








                                        


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