jueves, 15 de junio de 2017

Personajes 2.0 | Alexander Selkirk, el verdadero Robinson



PERSONAJES 2.0

Alexander Selkirk,  el verdadero Robinson


Ilustración de N.C. Wyeth para la edición de 1920 de la novela Robinson Crusoe. similar a la descripción que Rogers hizo de Selkirk. 


En 1704, un corsario escocés fue abandonado por sus compañeros en una isla deshabitada del Pacífico. Rescatado cuatro años después, su peripecia inspiró el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. 

Cuando en de febrero de 1709 el corsario Woodes Rogers fondeó sus dos barcos, Duke y Duchess, en una de las islas deshabitadas del archipiélago Juan Fernández, a 670 kilómetros de la costa de Chile, se encontró con un hecho incomprensible: un fuego ardía en la playa. Al día siguiente surgió del bosque un hombre que vestía con pieles de cabra, iba descalzo y empuñaba un viejo mosquete oxidado. Una extraña sonrisa de alivio se intuía bajo su larga y enmarañada barba. Se llamaba Alexander Selkirk y llevaba cuatro años y cuatro meses en la soledad más atroz. Su historia, junto con la de otros náufragos, inspiraría a Daniel Defoe su obra maestra, Robinson Crusoe.

Alexander Selkirk nació en 1676 en Escocia, en una familia de curtidores. Inquieto y problemático, se hizo marinero y en 1703 embarcó en la misión capitaneada por William Dampier, quien, al frente de dos buques corsarios, iba a atacar las colonias españolas en América para enriquecerse. La expedición traspasó con dificultades el cabo de Hornos, remontó la costa del Pacífico y sitió la ciudad minera de Santa María en Panamá. La mala alimentación y las enfermedades que sufrían los marineros llevaron a enfrentamientos con los oficiales.

Separación y abandono 

Tras casi un año navegando con un escaso botín, los dos barcos corsarios decidieron separarse después de un ataque fallido a dos mercantes en el que las naves inglesas sufrieron algunos desperfectos. Selkirk se quedó en el Cinque Ports, capitaneado por Thomas Stradling, que puso proa hacia el archipiélago de Juan Fernández. En la isla de Más a Tierra se proveyeron de agua y alimentos frescos, pero el capitán no quiso reparar el barco, algo que Selkirk creía imprescindible.

En la disputa que estalló a continuación, Selkirk acabó diciendo que prefería quedarse allí que hacerse a la mar en un barco en esas condiciones. Stradling, contento de librarse de alguien problemático, le tomó la palabra y, a pesar de las súplicas del escocés, lo abandonó en esa escarpada e inhóspita isla con un mosquete, una libra de pólvora, un hacha, un cuchillo, una cazuela, una Biblia, ropa y unos pocos instrumentos de navegación. En realidad, y aunque él no lo supiera, Selkirk fue afortunado, puesto que el Cinque Ports naufragó un mes más tarde y los pocos supervivientes fueron apresados por los españoles. El propio Stradling pasó cuatro años en condiciones penosas en una cárcel de Lima antes de regresar a Inglaterra, enfermo y sin un penique.


          
Grabados del siglo XIX con representaciones de la estancia de Selkirk en la isla, haciendo señales de luz y humo y leyendo la Biblia. 


Un salvaje con piel de cabra

Cuando llegó a la isla de Más a Tierra, el corsario Woodes Rogers vio aparecer ante sí «un hombre vestido con pieles de cabra, que parecía más salvaje que las dueñas originales de las mismas». Era Selkirk, quien «corría con una maravillosa rapidez» para cazar cabras y gozaba de una excelente forma física fruto de «su manera de vivir». Su obligada abstinencia de alcohol y su alimentación beneficiaron su salud. La comida que preparaba -a base de carne de cabra y verduras-, junto con «la bondad del aire», hicieron que los enfermos de la expedición de Rogers «se recuperaran muy rápido del escorbuto».

Los primeros ocho meses fueron los peores para Selkirk: «Tuvo que luchar contra la melancolía y el terror de quedarse solo en un lugar tan desolado», según le contó a su rescatador, Woodes Rogers. Permaneció junto a la playa esperando otear de un momento a otro una vela amiga en el horizonte y se alimentó de crustáceos, moluscos y tortugas marinas. «Al principio, no comía nada hasta que el hambre lo obligaba; ni se acostaba hasta que ya no podía más de cansancio», dejó escrito Rogers.


Woodes Rogers recibe un mapa de la isla de Nueva Providencia de su hijo, en una pintura de William Hogarth de 1729 conservada en el Museo Marítimo Nacional de Londres, Inglaterra.

Cabras, gatos y ratas

Al llegar la época de apareamiento de los leones marinos, la playa se llenó de agresivos machos y Selkirk se adentró en la isla. Fue entonces cuando su situación mejoró. En el interior encontró cabras, introducidas por los españoles, fáciles de cazar y con las que hacía «muy buen caldo». Nabos, hojas de salvaje y otros vegetales complementaron su dieta. Asimismo, construyó un par de cabañas con la madera del árbol de pimienta: una para descansar y la otra para cocinar. Las ratas fueron al principio un tormento, especialmente de noche, ya que «roían sus pies mientras dormía»; así que amansó algunos gatos que las mantuvieron alejadas. Aprendió a sobrevivir con recursos limitados: cuando la pólvora escaseó empezó a cazar las cabras a la carrera (unas 500, según sus cuentas) y cuando sus ropas eran ya un amasijo de jirones, las sustituyó por prendas de piel que había tratado gracias a las lecciones aprendidas de su padre, curtidor.

Fabricó algunos cuchillos con los anillos de hierro de un barril abandonado, picando y afilando el metal contra las rocas. Durante estos más de cuatro años —y a diferencia de la novela de Defoe, donde Robinson encuentra al «salvaje» Viernes—, no tuvo un compañero de fatigas que pudiera mitigar su soledad. Selkirk pasaba los ratos grabando su nombre en los árboles, domesticando cabritos que le hacían compañía o leyendo la Biblia en voz alta para no volverse loco. «Durante su estancia en la isla vio pasar varios barcos», pero sólo dos navíos españoles fondearon en la bahía y Selkirk tuvo que esconderse porque, como escocés y con pasado pirata, hubiera sido apresado y obligado a trabajar en las minas. De hecho, los españoles lo descubrieron y «le dispararon y persiguieron» en la espesura del bosque, pero no consiguieron capturarlo y se marcharon por donde habían venido tras «cazar varias cabras».

En 1709, cuando Rogers llegó a la isla, su expedición encontró un hombre que «había olvidado su idioma hasta tal punto que apenas podíamos entenderlo». Selkirk no pudo probar el licor o la comida ni volver a llevar zapatos sobre sus pies callosos hasta meses después. Rogers decidió enrolarlo como segundo oficial, y el Duke y el Duchess partieron para remontar la costa del Pacífico, atacaron Guayaquil y en la costa de México capturaron el galeón Nuestra Señora de la Encarnación y Desengaño, que les reportó un gran botín. Tras una estancia en las Indias Orientales Holandesas, la expedición dobló el cabo de Buena Esperanza y llegó a Inglaterra elide octubre de 1711.


La bahía de Cumberland, el la isla Más a Tierra (actual isla Robinson Crusoe), fue el punto exacto donde fue abandonado Alexander Selkirk en 1704.

El relato de un náufrago 

Aquel mismo año apareció el primer relato en el que se mencionaba a Selkirk: el recuento del oficial del Duchess Edward Cooke, A Voyage tu the South Sea, y en 1713 llegó un artículo sobre él en el periódico The Englishman. Mientras tanto, en 1712, el propio Selkirk declaró ante un tribunal sobre su viaje en el Cinque Ports y se publicó el libro que tuvo más influencia en su posterior fama: A Cruising Voyage Round the World, de Woodes Rogers, que debió de leer Defoe. Selkirk gozó entonces de un reconocimiento pasajero, pero no se adaptó del todo a la civilización y se vio envuelto en peleas y altercados por culpa de la bebida. Pocos meses después volvió a Escocia sin haber cobrado su parte del botín. En 1717 regresó a Londres y se alistó en la Royal Navy. En 1721 falleció de fiebre amarilla a bordo del HMS Weymouth, un barco que controlaba el pirateo por las costas de Ghana, y fue sepultado en el mar. Tras su muerte aparecieron dos mujeres que decían ser sus esposas, blandiendo sendos testamentos a su favor y disputándose sus bienes. Las había engañado a ambas.

El mayor reconocimiento a la aventura de Selkirk había llegado dos años antes, con la publicación de la novela Robinson Crusoe. Los especialistas aseguran que Defoe no se inspiró sólo en él, y que se fijó más en otros náufragos conocidos en la época, como Robert Knox, que pasó veinte años en Sri Lanka entre indígenas, o Henry Pitman, huido de una colonia penal caribeña. Pero la primera edición del libro de Defoe muestra hasta qué punto Selkirk estaba en la mente de los editores y lectores del momento: la figura de Crusoe que ilustra la portada sigue la descripción que Rogers hizo de Selkirk. La persona terminó por difuminarse en el personaje, y dos siglos después Chile rebautizó las dos islas del archipiélago Juan Fernández: Más a Tierra, que fue el refugio de Alexander Selkirk, pasó a llamarse Robinson Crusoe para atraer el turismo; y a la isla Más Afuera se la llamó Alejandro Selkirk, a pesar de que el marino escocés nunca la pisó.


Escultura y placa honorífica a Alexander Selkirk en un edificio de Lower Largo, Escocia, lugar donde nació.

El creador del mito

Daniel Defoe dedicó su vida al comercio y a la escritura, sobre todo de panfletos de agitación política los cuales le llevaron a ser detenido varias veces. Probó fortuna en muchos negocios y se enriqueció y arruinó varias veces, «Trece veces he sido rico y pobre», explicaba de sí mismo, pero fue en el género literario donde Defoe destacó de una manera tan brillante que hoy es considerado el padre de todos los novelistas ingleses y su obra más importante, Robinson Crusoe, la primera novela inglesa.

Desde su publicación en 1719, el éxito de la novela fue inmediato y universal, considerada desde entonces la novela inglesa más popular de todos los tiempos y el segundo libro más leído después de la Biblia. A finales del siglo XIX ningún otro libro en la historia de la literatura occidental tenía más ediciones, traducciones e imitaciones que Robinson Crusoe, con más de 700 reimpresiones, traducciones e imitaciones.




Ilustraciones de un maestro

De todos los artistas que han ilustrado las sucesivas y casi incontables reediciones de Robinson Crusoe a lo largo del tiempo destaca por encima de todos el de Newell Convers Wyeth, el artista estadounidense famoso por su trabajo en la primera edición ilustrada de La Isla del Tesoro de R.L. Stevenson, publicada en 1911. Fue discipulo Howard Pyle, uno de los mejores artistas e ilustradores de los Estados Unidos y creador de la estética del pirata moderno, el cual fundaría la Escuela de Brandywine donde Wyeth aprendería la técnica y continuaría desarrollando el estilo característico con series de ilustraciones para otros muchos clásicos de aventuras como Robinson Crusoe en 1920, pero también Robin Hood (1917), El último Mohicano (1919) o Los caballeros del Rey Arturo (1922).





Una leyenda española

Desde los primeros viajes trasatlánticos hasta el desarrollo definitivo de las rutas marítimas hacia el nuevo mundo, los naufragios y barcos hundidos durante aquellas travesías se contaban por miles ya desde comienzos del siglo XVIII. Las narraciones e historias sobre aquellos trágicos hechos se extendía por toda Europa eran fuente de atención desde los despachos de Sevilla hasta las tabernas de Londres. España no fue una excepción y miles de hombres valientes y marineros intrépidos descansan bajo el mar, pero no todos encontraban la muerte después de ver hundirse su barco. Pedro Serrano fue un capitán español que en 1526 sobrevivió, junto con otro compañero, al naufragio de un patache español en un banco de arena del Mar Caribe, llamado ahora Banco Serrana en su honor, situado a 130 millas náuticas de las islas de San Andrés, en territorio colombiano. Finalmente, de los dos náufragos, tan sólo Pedro Serrano llegó a ser rescatado en 1534, 8 años después del naufragio.

Como hombre de negocios, Daniel Defoe recorrió Europa antes de escribir su famosa novela en 1719 y visitó España en calidad de representante de bodegas inglesas. Estos viajes le dieron la oportunidad de conocer con detalle la historia de Pedro Serrano, que todavía casi dos siglos después seguía siendo recordada. Su estancia documentada en Sevilla pudo servirle para hacerse eco de esta historia y tomar las anotaciones que junto a las situaciones vividas por Selkirk, posterior a Serrano, le llevarían a escribir su novela.


          
Mapa de la localización y fotografía aérea del banco de arena en el que Serrano pasó ocho años tras un naufragio.


Texto adaptado de un original del
historiador Jordi Canal-Soler aparecido en la revista
‘Historia National Geographic’ Nº160



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