jueves, 20 de octubre de 2016

Figuras Minkisi | Arte de las culturas primitivas





FIGURAS MINKISI

Arte de las Culturas Primitivas     |     Escultura


Las figuras minkisi son manifestaciones artísticas únicas del continente africano, exactamente de la zona geográfica del Congo y todo el campo de influencia que abarcó su antiguo reino hasta la llegada de los europeos en el siglo XV.

Estos fetiches eran utilizados como métodos de curación y como administradores de justicia en las comunidades tribales. Sus atributos más característicos son la multitud de objetos punzantes -como clavos o láminas metálicas- que recorren su cuerpo y que nos recuerdan poderosamente a los muñecos vudú que el cine y la TV han dado a conocer en tantas películas.

Vamos a conocer qué son y qué esconden éstas mágicas y, en ocasiones, aterradoras figuras minkisi.


Nkisi procedente de la RD Congo. Cultura Kongo. Siglos XIX-XX. Metropolitan Museum of Art. NYC. EE.UU.


QUE ES UN NKISI?

El término nkisi -la forma plural es minkisi- es una palabra tribal que quiere decir "hechizo" o "medicina de Dios" y se refiere al espíritu del fetiche, estatuilla de carácter mágico-religioso. Un nkisi no sólo designa una estatuilla, sino cualquier objeto, desde una concha hasta una piedra, que haga las veces de receptáculo consagrado por un mago o brujo.

El segundo término, nkondi -la forma en plural es minkondi-, se refiere a las mismas figuras, pero en este caso de mayor tamaño y habitualmente atravesadas con clavos, láminas metálicas u otros objetos punzantes. La palabra nkondi procede del verbo konda que significa “cazar” y como veteranos cazadores, los minkondi pueden capturar mentirosos, ladrones, y otros miembros que amenazan la sociedad mediante los hechizos de un nganga o hechicero de la tribu.


                                        


Fetiche: «Denominación habitual en la época de los exploradores para los amuletos de los marinos portugueses (fetiço), que después pasó a aplicarse a cualquier objeto que los europeos veían utilizar a los habitantes de las costas africanas, y que de alguna manera parecían estar relacionados con prácticas o conceptos mágicos o culturales. El término fue dado a conocer en Europa por el erudito francés Charles de Brosses en 1757.»


Fotografía de minkisi del Poblado Boma, Congo. 1902

Los minkisi son un fenómeno propio de la cultura Kongo –o Bakongo- y su campo de influencia. El antiguo reino del Kongo reunía al bajo Zaire, la región de Cabinda y el noroeste de Angola, que quedaron unificados en el siglo XVI. El reino de Kongo ejerció influencia sobre las culturas Beembé, Vili, Sundi, Yombé, Dondo y en menor medida, las Yoruba, Benín, Teke, Lari y Kusu. Todos estos pueblos en cierto momento de su historia, formaron parte integrante del reino y esculpieron los mismos temas: maternidades, reyes sentados, objetos de prestigio y fetiches con clavos.

Los Vili, unidos tiempo atrás al reino del Kongo, tienen el mismo tipo de escultura; los objetos de prestigio son menos importantes que los minkisi aunque, sin embargo, presentan expresiones más dulces que cabe explicar por la influencia de las etnias del sur de Gabón, especialmente de los lumbo.

Al igual que los Kongo, los Teke poseían fetiches de talla pequeña, llamados bilongo, llenos de sustancias mágicas que al parecer adoptaron sus vecinos los Beembé, los Lari y los Sundi.


                              

Localización geográfica de la República Democrática del Congo y su campo de influéncia sobre las distintas culturas y sociedades tribales


EL PRIMER NKISI

El primer nkisi según la tradición, llamado Funza, procede de Dios y llega con un gran número de minkisi que reparte por todo el territorio, cada uno de ellos investido de un poder específico en un campo particular.” Solo los prototipos -míticos-  no han sido hechos por la mano del hombre. Esta información asocia la especificidad de los minkisi a su multiplicidad y a la idea de orden: a cada fetiche, una identidad, un nombre, una potencia y un campo de acción.

La captura del espíritu en el segundo fetiche requiere el uso de un fetiche ya existente; pero si bien el segundo requiere uno precedente, es necesario remontarse hasta un fetiche entregado a los humanos por el dios, que asigna al mismo tiempo a los espíritus de la naturaleza otro lugar de residencia normal, además de las aguas.




HISTORIA

Los objetos mágicos fueron durante mucho tiempo, mal conocidos en Europa. Sobre el terreno, en África, los misioneros cristianos les seguían la pista y los arrojaban a la hoguera. Algunas estatuas fueron traídas a Europa por los misioneros como curiosidades, pero al ser conservadas en secreto, no facilitaron ni su estudio ni su documentación. Se les tenía miedo. Los europeos creían que ocultaban un poder real, una superstición de la que la Europa del siglo XVII no estaba tan alejada.

A veces se ha considerado de influencia portuguesa el magnífico estilo realista de la escultura congoleña. En 1482 Diego Câo descubrió la desembocadura del Congo y dio a conocer la existencia de un estado que llevaba el nombre de su rey: Kongo o Manikongo. Posteriormente éste se convertiría al cristianismo bajo el nombre de Alfonso I. Misioneros católicos construyeron conventos y capillas, introdujeron una arquitectura, un mobiliario eclesiástico y todo un conjunto de imágenes piadosas.

A principios del siglo XVIII rompió toda relación con Portugal y se repudió el cristianismo. Pero ya las prácticas más externas del catolicismo se habían entremezclado con los ritos indígenas y dieron lugar a la aparición de multitud de cultos; los crucifijos se convirtieron en talismanes, las estatuillas, vaciadas, dieron paso a los fetiches.


                                        


Sin embargo, este arte de inspiración católica no hacía sino confirmar una tendencia naturalista ya presente: se han descubierto en cementerios abandonados de Angola estatuas en piedra, anteriores a la llegada de los europeos, en las que aparecen los mismos temas de la escultura en madera más reciente: un personaje sentado, con las piernas cruzadas, imagen de un jefe ausente; un hombre con un bastón en la mano; una mujer, sentada o de rodillas, que amamanta a su hijo. También son anteriores los fetiches: entre los Bakongo aparecen imágenes de madera erizadas de clavos, de rostro con pómulos salientes y gruesos labios, cuyo tronco sirve para contener el hechizo maléfico o benéfico.

En 1760, el historiador francés y presidente del parlamento Charles de Brosses (1709-1777) publicó un libro sobre este tema, “Culto a los dioses fetiches”. Citando los informes de marinos portugueses y franceses escribió:

“Los negros de la costa occidental de África (...) tienen como objeto de su adoración determinados dioses, que los europeos denominan fetiches (...). Estos fetiches divinos no son más que objetos vulgares y mundanos, que una nación o alguien elige arbitrariamente y permite que los sacerdotes lo consagren; se trata de un árbol, una montaña, un mar, un trozo de madera, la cola de un león, un guijarro, una concha, sal, un pez, una planta, una flor, un animal de un determinado género como una vaca, una cabra, un elefante, una oveja; en realidad todo lo que uno pueda imaginar. Todos ellos son dioses para los negros, que les dedican un estricto y sagrado culto, juran en su nombre, les presentan ofrendas, los llevan en procesión (siempre que sea posible), los glorifican y acuden a ellos en busca de consejo (...)”. 

Según De Brosses y posteriormente otros, “el negro” en su concepción no separa el espíritu (o sí lo hace es muy raro) del objeto en sí mismo; para él ambos forman un todo, el “fetiche”.

Se pensó que la base para la adoración religiosa de estos objetos sagrados descansaba sobre la convicción de que todo lo que no habían visto antes provocaba temor y susto en el alma de este “hombre primitivo”, que no era capaz de distinguir racionalmente entre causa y efecto, y por lo tanto consideraba determinados objetos como los poderes causantes, los conjuraba y les traía ofrendas.


                                        


Los pueblos colonizados como el africano tenían fama de “tontos y fetichistas amorales”, que rezaban a árboles, animales y piedras. Exploradores, así como misioneros y colonizadores, que en el mejor de los casos tenían una impresión superficial de las culturas africanas, adoptaron también la expresión por su indeterminación. Así, el término “fetichismo” se colocó en el mismo saco que brujería y superstición, y se utilizó sin criterio para cualquier objeto que pareciera tener alguna relación con concepciones y prácticas mágicas o de culto, ya fuera la escultura de un héroe cultural como de una insignia monárquica, la estatua de un antepasado o un utensilio para la adivinación.

Trabajos recientes han permitido comprenderlos mejor. Se trata de esculturas de madera, antropomorfas o zoomorfas, extendidas sobre todo en la costa de Loango y el Congo, caracterizadas por estar cubiertas de todo tipo de accesorios.

Están agujereadas por clavos o láminas metálicas. Contienen «medicinas» en sus cavidades dorsales o ventrales; materiales orgánicos ligados a través de diversas substancias. Tejidos, plumas o amasijos de arcilla las completan, según los casos. Finalmente, trozos de espejo, de metal brillante o conchas sirven para cerrar las cavidades o dar forma a los ojos.


                                        


Muy a menudo, el escultor tan sólo presta atención al detalle en el rostro, dejando el resto del cuerpo, destinado a estar oculto bajo estos diferentes atributos, someramente esbozados. Puede llegar a faltar el propio sexo, sea porque nunca fue esculpido o porque fue arrancado por algún misionero celoso.

Se ha planteado la posibilidad de que la práctica de clavar clavos y otros objetos sobre las esculturas fue adoptada de las imágenes cristianas de mártires -como las de San Bartolomé o San Sebastián- introducidos en la zona cuando a finales del siglo XV llegaron los primeros barcos portugueses a las costas de África Central convirtieron a los reyes de Kongo al cristianismo durante el siglo XVI. Desde el punto de vista artístico este dato no tiene mucha relevancia. Estas estatuas no tienen más que un parecido lejano a los antepasados y se distinguen de los relicarios por el hecho de no contener cráneos, ni osamentas de gran tamaño, aunque algunas de ellas hayan podido pasar de una categoría a la otra.


Nkisi Nkondi procedente de la R.D. del  Congo. 1880-1900. Naturalist Biodiversity Center. Leiden. Holanda

Entre la población de esta última región es típica la creencia en el vudú, fuerzas secretas que guían los acontecimientos del mundo y los asuntos de los hombres. Su fuerza reside en las “figuras vigías” (bocios) que ofrecen apoyo a los hombres, les dan vitalidad y que pueden producir cambios. No obstante no son representaciones o símbolos de los dioses vudús, simplemente se encuentran en estrecha relación con ellos, son lugares de concentración de su fuerza y de esta manera un componente elemental de la forma de entender la vida y la naturaleza.


ANALISIS

Las prácticas mágicas están presentes en toda el África negra, pero es necesario establecer distinciones entre los que se entregan a ellas. El adivino o hechicero, actúa, en principio, para el bien de todos y, en caso de necesidad, se le pide ayuda. Es considerado como intermediario entre los miembros del clan y todas las fuerzas ocultas. Por eso, desempeña también el papel de curandero.

El brujo mantiene, por su propia cuenta, una comunicación con las potencias maléficas. Se sospecha que lanza hechizos, se le teme y se le rechaza porque es el hombre más peligroso de la tribu. La acusación de brujería es grave.

El nkisi era el resultado de la acción conjunta de dos hombres, el escultor y el hechicero. El primero les daba forma, pero sin la intervención del segundo –nganga- no serían nada. Era él quien las llenaba de sustancias mágicas y llevaba a cabo los ritos que habían de conferirles sus poderes sobrenaturales.

Nganga: «Se trata de hombres hábiles e inteligentes. Su saber histórico, sus grandes conocimientos sobre la fauna, la flora, el ambiente, el grupo y la psicología, les conferían, y todavía les confieren, una fuerte influencia sobre la mentalidad de la gente, sobre el imaginario de la sociedad en su conjunto».


Fotografía de un Nganga africano

Sobre la figura se colocan diversos elementos:

  • Un receptáculo abdominal cilíndrico, relleno de sustancias mágicas llamadas bilongo y sellado con la resina kundu sobre la que se coloca un cristal de espejo, considerado un potente instrumento de vigilancia, capaz de utilizar el reflejo de la luz solar para alejar los malos espíritus del cuerpo del fetiche.
  • Hojas metálicas en los más antiguos y/o clavos en los más recientes de influencia occidental (atribuida por algunos investigadores a las imágenes cristianas de San Sebastián), insertados sobre la base de madera, cada uno de ellos colocado con un propósito o mensaje concreto. La operación de clavar una pieza metálica en el cuerpo de la talla sirve para "despertar" la figura y abrir una vía al espíritu que la habita, que saldrá y castigará al trasgresor o enemigo. A estos minkisi se les conoce como nkondi.
  • Cuernos, conchas, cadenas, reliquias de animales o saquitos de bilongo, colgando de las diversas partes de su estructura. Los penachos de plumas sobre la cabeza simbolizan la nobleza y la relación con "las fuerzas del cielo".
Además de estos elementos incorporados al fetiche por el nganga, con frecuencia el cliente cuelga pequeños saquitos conteniendo huesos, fibras, telas u otras reliquias para recordar a la figura el problema a solucionar (enfermedades, infertilidad,…) o la persona que debe ser castigada.





El marchante y coleccionista Ladislas Segy (1904-1988) clasificó los minkisi en cinco subtipos:

1.      Nkisi-nkondi

Son fetiches de gran tamaño, llegando algunos a superar el metro de atura. En la literatura occidental se le conoce habitualmente como  "fetiche de clavos" por portar numerosos elementos de hierro insertados en su cuerpo. Se caracterizan por representar el mal absoluto, ya que este tipo de fetiche está destinado a albergar el espíritu maligno Ndoki u otros espíritus al servicio de éste. De hecho, la palabra nkondi también significa "el que infunde temor" así como "cazador", debido a que su uso principal consiste en cazar a los transgresores de la ley tribal para castigarlos. Estas figuras, que pueden ser comunales (de gran tamaño y guardadas en una choza específica) o individuales (utilizadas para fines personales y concretos), siempre albergan espíritus extremadamente peligrosos, por lo que sus acciones consisten en infligir enfermedades o la muerte a enemigos, brujas o malhechores. El subtipo específico de nkisi nkondi que representa un perro de dos cabezas se denomina nkisi malanda (el que persigue) o kozo.

2.      Nkisi-npezu

Habitualmente se utilizan en ceremonias judiciales. Se caracterizan por estar policromados en blanco, rojo y negro. El color blanco se asocia con la clarividencia y el mundo de los muertos, el negro con la violencia y el rojo con la transmisión de los poderes ocultos.

3.      Nkisi-noganga

Se trata de fetiches sanatorios y son utilizados por el curandero para extraer del paciente el espíritu maligno al que se atribuye la causa de su enfermedad. Estas figuras se tallan con mayor detalle y delicadeza que las anteriores. Con frecuencia los brazos se limitan a meros muñones. No portan clavos ni hojas de hierro en su cuerpo y son activados mediante la colocación de sustancias medicinales en uno o varios relicarios.

4.      Nkisi-mbula

Se le conoce como "fetiche de fuego". Pertenece exclusivamente al jefe tribal, al que protege de los brujos enemigos. Se reconoce por portar un tubo que emerge del receptáculo de sustancias mágicas. A través de este tubo se introduce pólvora y piezas de metal, provocando su explosión cuando la figura es manipulada por un intruso. Se ha documentado la muerte de numerosas personas mediante estas "granadas tribales".

5.      Nkisi-makonda y simbu

Se trata de fetiches de pequeño tamaño. El makonda es utilizado por las mujeres embarazadas para asegurar la protección de su futuro hijo a partir del nacimiento. El simbu se coloca en la choza durante el parto para facilitar el trabajo del alumbramiento.


          

     



No obstante, la clasificación de los fetiches Kongo en subtipos siempre resulta artificial, ya que cualquiera de ellos puede ser utilizado de forma diversa sin que se establezca una clara relación entre la finalidad y la morfología.


NKISI

Las estatuas de tamaño reducido, los nkisi, tenían un destino familiar, no tan ambicioso como los nkondi. Su tamaño no excedía los 40 centímetros. Se las adornaba a menudo con un sombrero de plumas después de haber sido consagradas por el hechicero. Los tejidos que las rodeaban estaban bañados de una pátina de polvo rojo.

Estos minkisi debían transmitir a su propietario la fuerza vital de la que eran portadoras y conservarle la salud y se les podía hacer ofrendas para salir de una situación difícil. Tiene una doble función: protege al individuo o a la comunidad, preservando el orden social y ayuda en la fertilidad, en la caza y para curar enfermedades.


Fotografía de una población tribal de la República Democrática del Congo a principios del siglo XX


Dentro de las figuras de pequeño tamaño se pueden encontrar dos subtipos muy característicos:

a) Las que portan múltiples tachuelas de madera insertadas sobre la superficie del cuerpo y la cabeza constituyen un tipo específico de fetiche destinado a la curación de la viruela.

b) Las que muestran la cabeza girada hacia un lateral con una expresión agresiva y malévola, indicando que albergan un espíritu sumamente negativo y peligroso preparado para actuar sobre su "próxima víctima".

En realidad, todas las estatuas eran portadoras de cargas mágicas, pero según su tamaño estaban destinadas a realizar diferentes funciones.


NKONDI

Los nkondi son estatuas nkisi de gran tamaño -las más grandes medían entre 0,90 y 1,20 metros de alto-, caracterizadas por estar cubiertas de clavos, placas, tornillos o láminas metálicas, destinadas a aparecer en las ceremonias colectivas. Su papel principal es el de hacer respetar las leyes del país, hacer reinar la paz social, descubrir y denunciar a los transgresores y vengarse de los malhechores.

El hechicero intervenía en primer lugar para «despertar» al nkondi con su contacto, elegía para ello la zona sin clavos y después se introducía en el cuerpo de la estatua la hoja bien afilada de un cuchillo o un clavo que debía permanecer allí hasta que el contrato no fuera satisfecho.

                                           


El rostro del nkondi es siempre agresivo, cazador -la caza, tránsito entre el poblado y el bosque, entre lo civilizado y lo que no lo es-, y su intención es la de causar miedo, con la boca siempre abierta, representando el grito o la amonestación para aquel que presta juramento.

Según las atribuciones de la estatua o en función de variantes regionales, las actitudes físicas del nkondi podían ser diferentes. Aquellos que agarran un arma con el brazo derecho en alto son los más dinámicos. La majestad es el atributo de aquellos que, con las manos en las caderas, llevan una barba de arcilla y resina aglomeradas. Algunos tienen también las manos cerca del ombligo en referencia a su linaje.


Nkisi Nkondi procedente de la RD Congo. Siglo XX. Museo Central del África Central. Tervuren. Bélgica


Existen también formas de nkondi zoomorfas y en ellos se encuentran ciertas características sorprendéntemente antropomorfas. El nkisi puede adoptar la forma de un perro aunque sin hacer una alusión realista al animal.

Para los Bakongo, los perros tienen cuatro ojos, una boca abierta y un poder visionario que les permite oler los espíritus de la noche y a las personas dotadas de malas intenciones. Los Bakongo creen en la existencia de un lugar poblado por perros entre el mundo de los hombres y el de los muertos, por lo que el perro es visto como un animal psicopompo –común en muchas otras culturas de la antigüedad-, mediador entre los dos mundos, mientras que su vista y olfato excepcionales hacen de él un descubridor de fuerzas negativas. Con este título aparece en la estatuaria nkisi, a menudo con dos cabezas que miran en direcciones opuestas y cada hocico tiene la tradicional lengua que cuelga. Estas piezas parecen tener la función, al igual que perros de verdad, de proteger a las familias y avisar de los peligros.

El Mono agachado es otra de sus representaciones. Se esculpe con la boca abierta y la mirada fija en sus hermanos humanos, pero su posición, flexionada, así como sus largos brazos y su pelaje realista lo relacionan con el mundo animal. La ambigüedad lo hace aún más inquietante.


RITUAL NKISI

El Doctor y compilador de obras históricas y geográficas Olfert Dapper (1636-1689) ofrecía en 1686 una descripción de una ceremonia:

“Se reunían en una colina, llevando consigo un gran nkisi para cerrar el tratado con un juramento, cada una de las partes planta una pieza de hierro o un cuchillo que ataban con cabellos (...) besaban el filo y se miraba el conjunto diciendo “nos enfrenta una gran ira: si está apaciguada, ven a confirmarlo y déjanos vivir en paz. Si no, deja que nos devore el nkonde.”

Entre los Kongo, el cuerpo no es el habitáculo, el lugar normal de los espíritus. Ciertos espíritus de la naturaleza -nkita- viven en las aguas: es su sitio, si puede decirse así, natural. Pero los magos les hacen salir de las aguas y, por medio de rituales apropiados, los capturan en un fetiche. Sin embargo, estos espíritus eligen a veces un humano para residir en él y provocan enfermedades específicas. El enfermo, entonces, recurre a un ritual de exorcismo utilizando un fetiche nkisi ya existente; este ritual tiene por finalidad transferir el espíritu patógeno a otro lugar, un nuevo nkisi fabricado con esta intención.

Durante el ritual del exorcismo, se recubre a la enferma con polvo rojo, color de los espíritus nkita, también se toma una poción que contiene ingredientes llamados mwumbi-masa extraídos del fetiche del curandero. Según una fórmula de posesión, la persona enferma está “incorporada al nkita”. Luc De Heusch (1927-2012), profesor y antropólogo belga, subraya esta inversión del lenguaje en la que el paciente no absorbe el espíritu, es él la absorbida por el espíritu.

En una segunda fase del ritual, el espíritu es expulsado del cuerpo de la persona enferma y fijado en el nuevo nkisi fabricado con ese fin. Como suele suceder al final de un ritual de curación, el paciente se convierte en un adepto al culto. Él es el dueña del segundo fetiche, lo recibe al final del ritual y, desde ese momento, lo toma a su cargo. El espíritu poseedor es a fin de cuentas poseído.




De Heusch continúa:

“Este espíritu puede residir en tres lugares. Al comienzo, el espíritu reside en la naturaleza, en las aguas, en la tierra o en el cielo. Una vez capturado, pasa a habitar un fetiche nkisi. Sin embargo, cuando un nkita reside en un cuerpo humano, donde no tiene su sitio, se produce desorden y enfermedad. Entonces, el segundo fetiche permite restaurar el orden y la salud.”

“El espíritu cautivo en un fetiche es al espíritu de la naturaleza en las aguas lo mismo que un animal domesticado es al mismo animal en estado salvaje. El lugar que conviene al animal salvaje no es la aldea, un lugar humano, de la misma manera que el cuerpo humano no es lugar apropiado para un espíritu. Y a la inversa, del mismo modo que, una vez domesticado, el animal puede servir a su amo en la aldea, el espíritu capturado y domesticado en el fetiche puede servir a su amo, sea el curandero, sea la enferma curada. El lugar de la presentificación del espíritu es pues crucial, decide el orden o el desorden, la salud y la enfermedad”.


Nkisi Nkondi procedente de la RD Congo. Cultura Yombé. Siglos XVIII-XIX. Fowler Museum at UCLA. Los Angeles. California. EE.UU.

Antes de terminar, te recomendamos nuestro El Gabinete de curiosidades de Historia del Arte 2.0 donde podrás ver una figura Nkisi-Nkondi original. Puedes verlo AQUÍ.



BIBLIOGRAFÍA:


  • Arte Africano, El. Ivan Bargna, ED. Libsa. 1999
  • Arte ritual. El cuerpo trascendido. José Villarta Moset
  • Arte del África negra. Leuzinger, Elsy. Barcelona, Polígrafa, 1976. Traducido por Maria-Lluïsa Borràs.
  • Introducción a la Historia del Africa negra . José Luis Cortés. ED. Espasa. 1984
  • Arte negro africano:  Fetiches, concepto y problemática. Klaus E. Müller y Ute Ritz-Müller. Corazón de África. Ed. Könemann. Colonia. 2000.
  • África Negra. Máscaras, esculturas y joyas. Meyer, L. Paris, Finest SA-Editions Pierre Terrail, 2001
  • Figura imaginada, La. Catálogo. El cuerpo humano en las artes plásticas del Congo. Los reinos del Congo occidental. Boris Wastiau. Conservador de la división de etnografía. Africa Museum. Tervuren. Bélgica.


(Próximamente)



OTROS VÍDEOS RELACIONADOS:





OTRAS PUBLICACIONES RELACIONADAS:


                                        


0 comentarios :

Publicar un comentario