sábado, 1 de octubre de 2016

Esculturas que miran al mar





Monográfico | Piratas

ESCULTURAS QUE MIRAN AL MAR

ESTATUAS DE CORSARIOS Y MASCARONES DE PROA



Tanto la escultura exenta como el modelado y la talla son un subgénero de las Artes Plásticas que han generado grandes iconos de la Historia del Arte y han ayudado a conocer detalles o a desvelar incógnitas sobre los personajes y hechos más célebres de la historia.

La imaginería escultórica sobre piratas lamentablemente es reducida y sus modelos no influyeron en los escultores del mismo modo que lo harían en pintores e ilustradores, que sí desarrollaron apasionadamente sus puestas en escena. Son obras de un valor artístico indudablemente menor al de las tallas producidas en el momento y su producción se reduce al ajuar decorativo de los grandes navíos trasatlánticos o la escultura urbana de ciudades costeras. Para encontrar estos ejemplos debemos, por lo tanto, alejarnos de las grandes pinacotecas y acudir a ciudades portuarias y museos navales.


                    


Esculturas de corsarios

La escultura exenta que se conserva sobre estos aventureros del mar está destinada en su gran mayoría a embellecer los puertos y paseos marítimos de las poblaciones que en mayor medida sufrieron sus ataques. Su objetivo es el de contar la historia de estos destinos turísticos, en su mayoría, a través de estatuas y memoriales. Su escasa producción queda sobradamente justificada en los actos vandálicos y crímenes cometidos por estos personajes, no obstante, si hablamos de corsarios, piratas al servicio de una nación, podemos encontrar algunos bellos e interesantes ejemplos.

Uno de ellos se encuentra en la población inglesa de Tavistock, lugar de nacimiento del corsario por excelencia de Isabel I, Sir Francis Drake. Allí una estatua de bronce fundido le recuerda con la mirada puesta en el horizonte y la mano sobre un globo terráqueo. Fue realizada en 1883 por el medallista y escultor Josep Boehm, activo en Londres durante la segunda mitad del siglo XIX. El pedestal sobre el que descansa la escultura se decora con relieves de la vida del militar como su nombramiento como caballero inglés por la Reina de Inglaterra, el momento en el que es informado del avistamiento de un navío español mientras jugaba a la petanca -y que no atacó hasta acabar la partida- o su entierro el 28 de enero de 1598 frente a las costas de Panamá.  

De semejantes características es la estatua de Sir Walter Raleigh, otro de los grandes corsarios ingleses, realizada por Bruno Lucchesi en 1975. Raleigh fue además de corsario, político y escritor, un importante precursor de las colonias estadounidenses y su efigie fue requerida por iniciativa popular en la ciudad de Carolina del Norte con nombre homónimo.

Caso parecido ocurre con la estatua de Jean Bart, célebre corsario francés, realizada por David d’Angers, llamado el Miguel Ángel francés, en 1845. Se encuentra en la ciudad de Dunkerque, población francesa de la que zarparon numerosos corsarios al servicio de Luis XIV durante los siglos XVI y XVII. Bart fue sin duda el corsario más importante de todos ellos.


                                        


Tanto Drake y Raleigh en Inglaterra como Bart en Francia fueron hombres muy importantes en la política y la historia de sus respectivos países pero en el caso de los hermanos Barbarroja, temidos piratas turcos y azote de las costas españolas, nos encontramos ante auténticos héroes nacionales.

Esta familia de corsarios berberiscos fueron los piratas más importantes de todo el mar Mediterráneo. En su recuerdo como héroes militares del Imperio Otomano se erigió el mausoleo de Jeireddín Barbarroja, obra del arquitecto turco Mimar Sinan de 1541, en el barrio de Besiktas, Estambul.

En España también contamos con estos singulares memoriales como el Monumento a los corsarios de Ibiza, obra del arquitecto Augusto Font. Representa el reconocimiento local a los marineros que defendieron las costas ibicencas de los continuos ataques berberiscos. Tras nueve años de donaciones y aportaciones desinteresadas, la obra se completó en 1915.

Una última parada nos traslada al puerto para cruceros de Charlotte Amalie, en las Islas Vírgenes estadounidenses, donde las estatuas de Barbanegra, Henry Morgan o Bartholomew Roberts dan la bienvenida a marinos y visitantes. Son de producción contemporánea y su paso por el archipiélago ha sido utilizado como reclamo turístico sin demasiado rigor histórico.


                                        



Dejando a un lado la escultura exenta, otro de los elementos artísticos que vale la pena destacar son los mascarones de proa de los galeones de Indias y de Manila que tanto perseguían los corsarios. Tanto, que cuando no eran hundidos, se convertían en sus nuevos buques de guerra como ‘La Venganza de la Reina Ana’ del pirata Barbanegra o el galeón Whydah de Black Sam Bellamy.  



Mascarones de proa: El poder de la belleza en los mares


“La niña coronada por las antiguas olas, allí miraba con sus ojos derrotados: sabía que vivimos en una red remota de tiempo y agua y olas y sonidos y lluvia, sin saber si existimos o si somos su sueño.”

Pablo Neruda




Los mascarones de proa eran figuras decorativas utilizadas por los barcos en la antigüedad como medida de identificación durante sus travesías. Se tallaban en maderas duras, capaces de resistir las agresiones del mar, sobre la parte superior del tajamar y su tamaño debía ser suficientemente grande para ser reconocidas a varias millas de distancia. Por lo tanto, nos encontramos ante tallas de gran tamaño que superan en ocasiones los 3 metros de altura.

Este elemento decorativo fue utilizado desde muy antiguo por civilizaciones marineras como fenicios, romanos y vikingos, pero no sería hasta el siglo XVI y XVII, gracias a  la creación de las rutas de comercio trasatlánticas, cuando la ingeniería naval viviría su auténtica edad dorada. Naves monumentales, auténticas ciudades flotantes, como el galeón español Santísima Trinidad, el británico Golden Hind o el francés La Couronne se construyeron para transportar, custodiar e incluso asaltar valiosas mercancías procedentes del Nuevo Mundo.

Su realización se llevaba a cabo en los mismos astilleros y talleres donde se construían las naves por carpinteros y artesanos locales con mayor o menor experiencia, por lo que no podemos catalogar estas tallas como obras artísticas de primer orden. Sin embargo, cuando se trataba de lucir y decorar flotas reales o embarcaciones de algo rango podemos encontrarnos con piezas sorprendentes de cuidado detalle barroco creadas por escultores especializados. Uno de estos artistas reconocidos fue el escultor barroco Pierre Puget, quien se hizo famoso por el alcance, el peso y la expansión de sus diseños para la flota francesa.


                                        


Los modelos representados respondían casi siempre al imaginario mitológico greco-romano o a los escudos militares que daban identidad y protección –simbólica- a éstas embarcaciones. Así, no es extraño encontrarnos con  leones, caballos, águilas, retratos de deidades clásicas como Minerva y Neptuno o bellas sirenas. Con el paso del tiempo los referentes neoclásicos cambiaron y fueron sustituidos por imágenes más humanizadas de monarcas y militares –o sus respectivas esposas- hasta perder su función tras la aparición de los navíos de línea y buques acorazados de los siglos XIX y XX.

Podemos encontrar interesantes colecciones en museos navales de todo el mundo como Inglaterra, Francia, España, Estados Unidos o Argentina. Algunas de las más valiosas, por la cantidad de piezas exhibidas y la calidad de sus tallas, se encuentran en el Museo marítimo de Brest (Francia), el Mystic Seaport Museum de Conéctica (Estados Unidos), la Colección Cutty Sark de Londres (Inglaterra) o el Museo Naval de Salerno (Italia). También son conocidas las colecciones del poeta Pablo Neruda o el pintor bonaerense Benito Quinquela.


Se tratan todas ellas de obras artísticas de categoría inferior a las grandes esculturas barrocas y neoclásicas de la época pero que sin embargo, recogen la iconografía más popular de un tiempo y un periodo artístico fundamental para el desarrollo de la Historia del Arte y la cultura occidental.


                                        





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