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lunes, 22 de julio de 2019

Máscara de Tutankamón | 1354-1340 a.C. | Museo Egipcio de El Cairo | Egipto




OBRAS ANALIZADAS

LA MÁSCARA DE TUTANKAMÓN


1354-1340 a.C. | Museo Egipcio de El Cairo | Egipto





Es uno de los objetos más icónicos del mundo, su rostro es el más conocido de la antigüedad y miles de personas la contemplan cada año. La máscara de Tutankamón es una de las obras de arte más importantes del mundo y sin duda, la estrella de Egipto. El descubrimiento de su tumba, realizado por Howard Carter en 1922, representa un momento crucial en la historia de la arqueología por tratarse de la única tumba real hallada intacta en el Valle de los Reyes y por lo tanto, con todo su ajuar funerario: un tesoro de incalculable valor formado por más de cinco mil objetos.


El Museo egipcio de El Cairo conserva una de las colecciones de arte más importantes del mundo. Recorrer sus pasillos es una experiencia única que te hace viajar en el tiempo hasta el corazón de la época faraónica a través de las  reliquias, obras de arte y restos arqueológicos que atesoran sus salas. Muchas de las piezas expuestas representan verdaderas obras maestras de arte egipcio, algunas con más de tres mil años, pero por encima de todas destaca la exuberante máscara funeraria del rey Tutankamón.

Ésta preciosa máscara mortuoria representa la pieza artística más importante del tesoro hallado por Howard Carter en el interior de la tumba, un tesoro formado por más de cinco mil objetos con los que fue enterrado el, hasta ese momento, casi desconocido rey Tutankamón. El hallazgo de su tumba en 1922, su deslumbrante tesoro así como también el mito de la maldición que rodea su figura ha convertido a Tutankamón en uno de los protagonistas más populares de nuestro pasado.





El faraón niño

Tutankamón fue el último faraón de la XVIII Dinastía del Imperio Nuevo, un faraón intrascendente, sin apenas importancia en la historia de Egipto, que llegó al trono con tan solo diez años y cuyo reinado apenas duró otros diez. Fue un gobernante de transición en un momento de crisis política cuando se ponía fin al periodo de Amarna. Fue el encargado de recomponer el estado y el sistema teocrático después de que su padre Amehotep IV, el faraón hereje, aboliera el politeísmo en favor a un solo dios, Atón, el disco solar. Poco más se conoce de este casi olvidado y joven rey del que hasta su muerte resulta ser un misterio. La mayoría de los expertos afirman que este faraón tuvo problemas al caminar debido probablemente a una malformación congénita y que falleció a consecuencia de una artrosis degenerativa; por el contrario, otra teoría defiende que su muerte fue producida por una fuerte fractura encontrada en la parte dorsal del cráneo. Ésta se habría producido según algunos investigadores debido a una caída en carro, sin embargo otros estudios van más allá y vinculan su muerte directamente a una conspiración. Lo que es seguro es que Tutankamón murió a una edad muy temprana, entre los 18 y los 20 años según ha revelado el estudio de su momia y de manera imprevista. Su nombre ha pasado a la historia por ser el único faraón cuya tumba no fue saqueada en el pasado y fue descubierta intacta con todo su ajuar funerario, sus sarcófagos, etc. El descubrimiento de su tumba marcó un hito en la historia de la arqueología y forma parte de uno de los capítulos más apasionantes del siglo XX y, casi diría, de la historia de la humanidad.


                                         


El nombre de Tutankamón quedará unido para siempre al de su descubridor, el arqueólogo británico Howard Carter, un personaje fundamental en la historia de Egipto, que con su sensacional hallazgo generó el interés de toda la comunidad internacional y convirtió a la antigua civilización del Nilo en el centro de todas las miradas de la sociedad occidental a principios del siglo XX desatando una auténtica egiptomanía.




Los protagonistas: Howard Carter y Lord Carnarvon

Howard Carter, nacido en Londres en 1874, comenzó su carrera como ilustrador para la sociedad de egiptología inglesa con tan solo 17 años. Dotado de una vasta cultura, adquirió una buena experiencia práctica excavando junto a William Petrie y Theodore Davis en Deir el Bahari hasta que fuera ascendido a inspector de Antigüedades en El Cairo. Su formación no era estrictamente académica, su carácter era obstinado y sus teorías no siempre eran compartidas por sus colegas, sin embargo su dedicación y constancia le hizo ganarse un nombre entre la élite social del país. En 1907, George Edward Herbert, V Conde Carnarvon, un rico y excéntrico inglés aficionado a la arqueología se hallaba en el Valle de los Reyes dispuesto a encontrar un valioso tesoro. Por ello, cuando Lord Carnarvon comprendió que necesitaba un consejero y superintendente que dirigiera sus excavaciones, el respetado egiptólogo Gaston Maspero le indicó sin dudar el nombre de Carter.

La colaboración entre Lord Carnarvon y Howard Carter empezó ese mismo año, pero pasarían diez años más hasta que se emprendiera la auténtica campaña de excavaciones en el Valle de los Reyes. Cuando Carter empezó sus exploraciones, el valle ya había sido pasado por el tamiz a lo largo y a lo ancho por anteriores expediciones arqueológicas. Según el parecer de Theodore Davis, "el Valle de los Reyes ya estaba agotado”. Pero no para Carter, que a partir de 1917 examinaba el Valle con una finalidad precisa: la de localizar la tumba del faraón Tutankhamón.


                                        


Los años pasaban y la búsqueda daba resultados desalentadores: en 1922, Lord Carnarvon ya había invertido unas 50.000 libras esterlínas. Esa misión - afirmó - sería la última en Egipto. Obstinadamente, Carter excavaba en un triángulo de tierra comprendido entre las tumbas de Ramsés II, Mineptah y Ramsés VI. Tenía la absoluta certeza de que allí se encontraba la tumba de Tutankhamón. Howard Carter no se equivocaba y finalmente, tras más de diez años de búsqueda, su tesón e incesante trabajo daba sus frutos y obtenía su recompensa.




Descubrimiento

La mañana del 4 de noviembre de 1922, junto a la tumba de Ramsés VI salió a la luz un escalón de piedra, luego un segundo y así hasta doce peldaños bajando cada vez más que se detenían delante de una puerta sellada y tapiada a cal y canto. Los sellos no daban lugar a dudas, eran los de la necrópolis real. Sin perder tiempo, Carter hizo recubrir los peldaños y corrió a telegrafiar a Carnarvon dando noticia del hallazgo y solicitando su presencia. Lord Carnarvon llegó el día 23 a Luxor y al día siguiente se retomaron las excavaciones para liberar completamente la entrada de la tumba.

El 26 de ese mismo mes Carter lo vivió como "el día de los días ". Y, así lo escribió en su diario: "fue el día más maravilloso de toda mi vida, tan feliz que ya no viviré nunca más uno similar". Al encontrar una segunda puerta que mostraba los sellos regios de Tutankhamón aún intactos, Carter practicó una pequeña abertura e introdujo una barra de hierro con una vela atada a su extremo a través del agujero. Tras comprobar que no había presencia de gases, finalmente metió la cabeza a través de la brecha y, mientras sus asombrados ojos se acostumbraban a la oscuridad, "...emergían lentamente de las sombras los detalles de la cámara, extraños animales, estatuas y oro, por doquier el brillo del oro...". ¡Cosas maravillosas!, exclamó Carter con la voz empañada por la emoción al impaciente Carnarvon que, a sus espaldas, le preguntaba qué estaba viendo. Las cosas maravillosas de que hablaba Carter constituían el imponente ajuar funerario, conceptuado como uno de los más grandes tesoros de la antigüedad que ha llegado hasta nosotros intacto. Nunca antes en la historia de la arqueología se había producido un hallazgo de estas características no obstante, el procedimiento llevado a cabo por Carter, que estudió, catalogó, describió y fotografió in situ cada objeto, demostró un alto sentido de responsabilidad y una experiencia equivalente a su grandeza de arqueólogo.


                                       


KV62

La tumba de Tutankamón, conocida en el Valle de los Reyes como la KV62, sorprende desde un primer momento por sus reducidas proporciones y por poseer un sistema arquitectónico muy sencillo. No parece haber sido diseñada para un faraón, parece más bien diseñada para un noble y adaptada apresuradamente, como indica el hecho de que solo la cámara funeraria estuviera decorada con pinturas. Además, el cuerpo embalsamado del rey niño, devuelto de nuevo en la tumba, presenta un mal estado de conservación, factor que refuerza la teoría de uno rito funerario precipitado.




Accedemos a la tumba a través de una escalera descendiente de 16 peldaños que desemboca en una primera puerta sellada. Después de recorrer un pasillo en pendiente y una segunda puerta llegamos a la primera sala, la antecámara. Dentro de ésta habitación Howard Carter encontró más de 600 objetos amontonados en lo que describió como “un caos organizado”. La tumba, contradiciendo los grandes titulares del momento, sí había sido violada en la antigüedad, seguramente poco después de  ser enterrado el faraón y en al menos dos ocasiones. Afortunadamente, los ladrones solo pudieron llegar hasta la antecámara dejando intactas el resto de habitaciones. Dentro de esta sala encontramos otra más pequeña, denominada anexo, donde se depositaron alimentos, perfumes y pequeños ushebits. Desde la antecámara se accede a la cámara mortuoria, la parte más importante de la tumba, el lugar donde descansaba el faraón protegido por cuatro sarcófagos y cuatro capillas funerarias. Por último, adjunta a la cripta, un cuarto espacio denominado la cámara del tesoro contenía 500 objetos más.

Lo que Howard Carter encontró en aquellas apenas cuatro habitaciones representa la mayor colección de objetos antiguos hallados hasta la fecha y una fuente inagotable de información  que todavía hoy sigue aportando nuevos datos a la egiptología. Las cosas maravillas a las que se refería Carter forman parte de un ajuar funerario que comprende más de cinco mil objetos, un tesoro de incalculable valor que da testimonio de la grandeza y el poder que esta civilización llegó a alcanzar en la antigüedad y parte del cual se exhibe hoy en el Museo Egipcio de El Cairo.


                                         


Cámara funeraria

La cámara del sarcófago es la única de las cuatro habitaciones cuyas paredes fueron enseyadas y decoradas con pinturas que representan varios pasajes del libro de los muertos. En la pared norte, el sacerdote Ay, sucesor del trono, cumple el rito de la apertura de la boca al faraón difunto retratado con rasgos osiriacos. En el centro, Tutankamón, ataviado como un soberano, es acogido por la diosa Nut en el reino del Duat y a la izquierda, esta vez con tocado nemes, se presenta ante el dios Osiris que es abrazado por su ka en el Más Allá. Otras escenas muestran al faraón protegido por Anubis y Hathor, quien le transmite la vida eterna a través del ankh, su cortejo fúnebre y doce babuinos que simbolizaban las horas de debían pasar hasta que el rey difunto alcanzara la vida eterna.


                                        


La cámara funeraria estaba ocupada enteramente por cuatro gigantescos cofres en forma de capilla, construidos en madera recubierta de oro, que encajaban con exactitud uno dentro del otro. En el interior de este último se hallaban los cuatro sarcófagos que preservaban la momia del faraón, dos de los cuales permanecen todavía en la tumba. El primero de ellos está formado por un único y enorme bloque rectangular de cuarcita y encierra el segundo y excepcional sarcófago de formas antropoides, construido en madera y recubierto con una lámina de oro y piedras semipreciosas. El joven soberano está representado como Osiris, con los brazos cruzados sobre el pecho y sosteniendo las insignias reales. Los dos últimos sarcófagos resultaron aún más valiosos y se conservan en el museo del Cairo junto al resto del tesoro escondido. El segundo medía poco más de dos metros de largo y era también de madera revestida de una lámina de oro con incrustaciones; además lucía un elaborado collar en forma de halcón. El tercer ataúd dejó sin aliento a los descubridores al comprobar que sus 1’85 metros de longitud estaban hecho de oro macizo; su peso era de 110 kilos, cuyo solo valor material era inestimable. El rey, que lucía el tocado regio, una barba postiza y un pesado collar de cuentas, sostenía en sus manos el flagelo y el cetro. Este último sarcófago contenía la momia de Tutankamón, cuyo rostro estaba protegido por la exuberante y célebre máscara mortuoria de oro macizo que ha convertido a este faraón en el más popular del mundo.




Máscara

¡Salve, hermoso rostro, dotado de vista, hecho por Ptah-Sokar, dispuesto por Anubis, a quien Shu dio la elevación, el más hermoso rostro entre los dioses! Tu ojo derecho es la barca de la noche, tu ojo izquierdo es la barca del día, tus cejas son la Enéada, tu cráneo es Anubis, tu nuca es la de Horus, tu corona es Tot, tu trenza es la de Ptah-Sokar. ¡Condúcelo por buenos caminos, que golpee para ti a los aliados de Set, y derribe para él sus enemigos bajo él, junto a la Gran Enéada en el Gran Castillo del Príncipe que está en Heliópolis! ¡Toma los buenos caminos ante Horus, señor de los hombres!

Capítulo 151 del Libro de los Muertos, inscrito en el dorsal de la Máscara de Tutankamón.


Estamos ante de unas de las obras de arte más famosas de la historia y aunque la hayamos visto cientos de veces reproducida en libros y documentales, su deslumbrante belleza consigue nublar nuestra visión como si fuera la primera vez. El rostro del monarca es el emblema del país y representa como ninguna otra obra el exotismo y la opulencia del antiguo arte egipcio. En el antiguo Egipto las máscaras funerarias llegaron a ser una pieza fundamental en el ajuar funerario de individuos acaudalados, nobles y más todavía, de reyes. La función de este objeto era proteger y a la vez reproducir idealizadamente los rasgos del difunto. De este modo, la máscara contribuía a que pudieran perpetuar su identidad en el Más Allá, dando además a la momia un aspecto reconocible. Era un objeto intensamente mágico, propiciador de la vida eterna y a la vez, como toda máscara ritual, expresión de tránsito y de metamorfosis.

Esta espléndida máscara de oro macizo de 54 centímetros de altura y algo más de diez kilos de peso, protegía la cabeza, los hombros y la parte alta del pecho de la momia real. Los rasgos juveniles y gráciles forman un retrato idealizado del rey cuyo rostro, ligeramente alargado, con ojos almendrados, cejas curvas y labios carnosos, presenta los rasgos típicos del arte producido en Egipto durante el perídodo de Amanrna. Tutankamón lleva el tocado nemes alrededor de la cabeza, con solapas en los lados y un anexo en la parte posterior. Las bandas horizontales se forman usando pasta de vidrio azul que imitan el lapislázuli. La geometría de este emblema de poder, contrasta con las formas de la cara del monarca en la que predominan las formas suavemente curvas. En la frente del rey se pueden ver las figuras del buitre y la cobra simbolizando la soberanía de Egipto unificado.


                                        


Siguiendo la tradición de las máscaras funerarias egipcias, muestra al difunto con los sentidos atentos, despierto y vivo. Esta vivacidad queda especialmente plasmada en los ojos, reproducidos con cuarzo y obsidiana, subrayados por un perfil de lapislázuli que simula el maquillaje de kohol y que se extiende hacia las sienes. El resto de facciones se plasman únicamente en oro, sin más incrustaciones que otorguen color a las mejillas, a la estilizada  nariz, ni a los gruesos labios. No obstante, el cromatismo general de la máscara se consiguió gracias al excelente collar usekh formado por 12 amplias cadenas de abalorios de lapislázuli, cuarzo, amazonita y pasta de vidrio coloreada. También la barba postiza, que otorga un toque de distinción a la barbilla, realizada en oro y pasta vítrea azulada, aportan color a la obra.

La célebre máscara del rey es, por su belleza y maestría técnica, una de las más relevantes creaciones del arte faraónico y una de las obras de arte más remarcables en la historia de la humanidad. Howard Carter vio en la máscara una expresión de tristeza serena, otros han visto elegancia, solemnidad, sosiego, sobria riqueza… Algunos incluso han afirmado que su apacible sonrisa es tan enigmática como la de la Gioconda. Sea como sea, lo cierto es que su mirada resulta irresistible y cualquiera que visita el Museo de El Cairo se siente arrastrado por su atractivo estético, su fuerza catalizadora y su maravilloso pasado





OTRAS IMÁGENES:


                                        


                                        


domingo, 21 de julio de 2019

Museos | Museo Egipcio de El Cairo | Egipto




MUSEOS Y GALERÍAS DE ARTE

MUSEO EGIPCIO DE EL CAIRO

EGIPTO





El Museo Egipcio de El Cairo conserva una de las colecciones de arte más importantes del mundo. A lo largo de sus salas se exhiben objetos, obras de arte, documentos históricos, reliquias y piezas arqueológicas que representan el mayor legado de la civilización egipcia jamas reunido. Entre ellas se encuentran algunas de las obras más bellas de la historia del arte como la estatua del príncipe Rahotep, los colosos de Amenhotep IV, las ocas de Meidum y el tesoro del museo, la maravillosa máscara de Tutankamón. Una visita imprescindible para los amantes del arte que quieran revivir la pasión de los primeros arqueólogos y conocer de cerca la historia de una civilización fascinante.


El Cairo es la ciudad más grande de África con 16 millones de habitantes, una inmensa urbe nacida a orillas del río Nilo donde el constante tráfico de vehículos y personas conforman un peculiar caos organizado. Con sus mercados, mezquitas y hoteles internacionales,  El Cairo es además la capital de uno de los países más bellos del mundo: Egipto. Tierra de faraones y construcciones colosales, Egipto cuenta con un pasado glorioso que abarca casi 7000 años de historia. Testigo y guardián del legado de esta asombrosa civilización es el Museo Egipcio de El Cairo.

Único en el mundo, el Museo Nacional de El Cairo posee la más extensa colección de vestigios del antiguo Egipto. Su visita supone una experiencia incomparable que muestra sus riquezas casi amontonadas, algunas con etiquetas de cartulina escritas a mano y colgadas con hilo. Transmite la pasión de los arqueólogos, enfrentados sin medios a un patrimonio inabarcable. El museo atesora 136.000 objetos, desde la paleta de Narmer  a las estatuas policromadas de Rahotep y Nofret o la del rey Kefrén en diorita, toda la historia de Egipto se muestra en sus salas, incluyendo escenas domésticas como el recuento del ganado en sencilla madera policromada, y el esplendor de la máscara de oro y piedras preciosas de Tutankamón, cuyo tesoro ocupa las extraordinarias salas de la planta alta. Desde la vida cotidiana en las orillas del Nilo hasta el ambiente sofisticado de la corte, el arte se hace presente la vida del antiguo Egipto con una coherencia y riqueza sin igual. Mención aparte merece la exhibición de las momias reales, una sección separada en el interior del museo, que pone un contrapunto emocional en el despliegue artístico que ocupa el resto de las salas.






SOBRE EL MUSEO DE EL CAIRO

“La inmensa transcendencia de la historia de Egipto se refleja en los tesoro del Museo Egipcio de El Cairo, una de las más importantes colecciones del mundo. No en vano, cada vez que entro en el jardín del Museo, aun antes de acceder al edificio, siento el poder de la hermosura de las obras y la magias del antiguo Egipto. El museo alberga el olor y el sentimiento de un pasado glorioso, y en los ojos de sus estatuas distingo aun el destello de un antiguo brillo de luz.”

Zahi Hawass 
Arqueólogo, Escritor, Ex-Ministro de Antigüedades, Director de Excavaciones de Guiza, 2006



Historia

El primer paso hacia la creación del Museo Egipcio de El Cairo tuvo lugar en 1835 cuando Mehmet Ali, gobernador del país, decidió poner término al saqueo indiscriminado de los enclaves arqueológicos de Egipto. A su vez, ello condujo a la fundación del Servicio de Antigüedades y a una colección permanente de objetos de arte. Sin embargo, las primeras colecciones de objetos egipcios antiguos fueron poco más que almacenes de piezas en lugares dispersos, hasta que la iniciativa de Auguste Mariette, pionero egiptólogo francés, estableció oficialmente el Servicio de Antigüedades en 1858 con el propósito de descubrir y conservar los monumentos antiguos. Mariette es un personaje fundamental de la historia egipcia pues, además de ser el descubridor de enclaves importantísimos como los de Menfis, Sakkara o Abydos, fue el verdadero impulsor del Museo de El Cairo hasta su fallecimiento en enero de 1881.

Diseñado y construido por el francés, el elegante edificio de dos alturas tiene aproximadamente un centenar de salas dispuestas en torno a un atrio central y amplios sótanos para almacenar los numerosos hallazgos que siguen llegando de todo el país. El traslado de las colecciones a la ubicación actual del museo se inició en marzo de 1901 bajo coordinación de Gastón Maspéro, sucesor de Mariette, que organizó una ordenación cronológica en la planta baja y por tipos de objetos en la primera planta, un sistema que aun se mantiene.


                                        


Colección

A continuación, accedemos a las instalaciones de la colección permanente del museo, más de 100 salas que muestran el mayor legado artístico de la civilización egipcia.


                    


Época predinástica

Atravesamos el arco principal de la entrada y caminamos hacia el recibidor donde se abre un gran patio central repleto de obras de diferentes periodos. Decenas de piezas cuelgan de las paredes y otras tantas buscan su espacio. Desde aquí comienza el recorrido que se inicia con una copia de la piedra de Rosetta y el Periodo Predinástico. Esta zona contiene objetos del período más antiguo de la historia egipcia, desde sus orígenes hasta comienzos de la III Dinastía. La pieza más importante es la paleta de Narmer, perteneciente al primer faraón, el unificador de Egipto. También se exhiben, los paneles de madera de la tumba de Hesire, algunas herramientas rudimentarias y la estatua de Khasekhem.


                                        


Imperio Antiguo

A la izquierda del vestíbulo el recorrido continúa por las salas del Imperio Antiguo. El Reino Antiguo se inició con la III Dinastía y fue un periodo de conquistas políticas y culturales que hizo del estado egipcio el más rico y poderoso de la época. La estatua del faraón Zoser (2630-2611 a.C.) es la más majestuosa e impresionante de la historia del arte egipcio. Ninguna como esta ha logrado trasmitir con igual eficacia la sensación de dominio, fortaleza  y poder sobrehumano que aun despierta temor en el observador.

El Imperio Antiguo fue también un periodo de gran variedad y riqueza en cuanto a legado artistico. Las tres triadas de Micerinos y la estatua de Kefrén destacan sobre otras obras maestras de la escultura. La sala de los escribas posee alguno de los ejemplos más importantes de escultura durante el Reino Antiguo. Sin embargo, el príncipe Rahotep y Nofret es la obra de arte más sobresaliente de este periodo. La puerta falsa de Iteti es un destacado ejemplo de arquitectura funeraria. En cuanto a pintura, el museo  guarda excelentes ejemplos de este periodo como las escenas procedentes de las mastabas de Sakkara y las bellas Ocas de Meidum.


                                        


Imperio Medio

El Imperio Medio comienza con la XII Dinastía. El faraón Mentuhotep II puso fin a la crisis del Primer Período Intermedio y reunificó Egipto estableciendo una nueva capital en Tebas. Su estatua policromada es uno de los mejores ejemplos de arte producidos durante este periodo. Un ejemplo de culto funerario privado en el pequeño santuario de Nakht. La doble estatua y las esfinges de Amenemhet III son representativas del poder de la estatuaria real durante el Reino Medio.




Imperio Nuevo

A continuación entramos en las salas del Imperio Nuevo, la Edad de Oro del Arte egipcio. El Imperio Nuevo fue uno de los más florecientes en términos políticos pero también artísticos. Es la época de Tutmosis III, la reina Hathsepshut o el gran Ramsés II y gran número de piezas representan a estos faraones. La gran estatua de Amenhotep II protegida por la diosa-vaca Hathor domina una de las sala; esta estatua estaba situada en la entrada de la capilla pintada de Thutmosis III, padre de     Amenhotep. Las dos estatuas de Amenhotep, hijo de Hapu, representan la cima de la escultura privada. La cabeza de la reina Hatshetsut, procedente de su templo en Deir el-Bahari, es una de las obras más bellas del Museo. Aunque mantiene rasgos osiríacos no renuncia a sus facciones gráciles y femeninas. No debe omitirse el relieve de la reina de Punt tomado del templo de Hatshepsut ni la estatua colosal de Ramsés II con el dios Horus.


                                        


Una de las salas más interesantes del museo es la dedicada al período de Amarna. El faraón Amenhotep IV abolió el politeísmo y fijó una nueva capital en Tell el-Amarna para organizar su vida en torno al culto de Atón, el luminoso disco solar. Fundó una nueva era religiosa que tuvo reflejo en todas las formas de arte, sobretodo en las plásticas, que desprendían un naturalismo en las formas y  nunca antes visto. Las dos estatuas colosales fueron una interpretación original de la figura del faraón en la segunda parte de su reinado cuando el realismo iconográfico asumió formas exageradas. Pueden compararse con las armoniosas representaciones del Rey como oficiante y de su esposa Nefertiti.  En esta sala podemos admirar, además, el sarcófago del faraón con los nombres borrados, fragmentos de pintura mural y un excelente panel con una escena de culto a Atón.


                                        


Baja Época y Época Grecorromana

Llegamos al último periodo de la historia de Egipto donde las influéncias del arte clásico se funden con las tradiciones culturales egipcias. Las armoniosas proporciones y la búsqueda de la perfección estética observada en la estatuaria grecorromana caracterizaron las obras producidas a partir de la Baja Época, una tendencia que acabaría imponiéndose tras las conquistas griegas y romanas poniendo fin a tres mil años de arte egipcio.

De este periodo pertenecen las tres esculturas de esquisto de Psamético, el busto de Montuemhat y la estatua de la diosa Taweret, obra maestra del arte saíta. En cuanto a la Época Grecorromana, los rasgos idealizados de Alejandro Magno pueden verse en una cabeza de alabastro que se identifica con el jefe macedonio basándose en la iconografía tradicional. Son muy interesantes también el sarcófago del alto sacerdote Petosiri ni la escultura tardorromana del retrato de un emperador en valioso pórfido rojo. A este periodo pertenecen los valiosos retratos de El Fayum que veremos en la primera planta.


                                       



Primera Planta: Ajuares funerarios, tesoro de Tanis, joyas, sarcófagos y momias.

La planta superior organiza sus salas según la función y procedencia de las piezas. Así, el recorrido abarca tanto joyas, sarcófagos y objetos cotidianos del antiguo Egipto como los tesoros de Tanis, el ajuar de Yuya y Tuya, los retratos de El Fayum o el tesoro de Tutankamón. El museo contiene obras maestras de la joyería egipcia desde la I Dinastía hasta el Período Romano. Extraordinariamente bien trabajadas, dan fe de la creatividad y la continuidad estilística y temática de la artesanía del Nilo. Los sarcófagos representan también este gusto estilistico. El sarcófago de la dama Aset destaca por la originalidad de la iconografía de la difunta, que se muestra como una persona viva. En una oscura sala se muestran los tesoros de Tanis, ajuares funerarios de los soberanos de las Dinastías XXI y XXII. La sala de los retratos de El Fayum ofrece muchos ejemplos de esta forma de culto durante el Periodo Romano.


                                        


Al margen del recorrido, en un extremo de la planta se encuentra la sala de las momias, un espacio importante para la historia y la antropología donde descansan los cuerpos embalsamados de varios reyes, entre ellos, Ramsés II y Seti I. La sala emana un respeto que se transforma silencio balsámico, estamos frente a unos rostros que nos miran desde hace miles de años.





El Tesoro de Tutankamón 

La parte más visitada del Museo Egipcio es, sin lugar a dudas, la dedicada al Tesoro de Tutankamón, el auténtico reclamo del museo y más aún, pieza fundamental del motor económico y turistico del país. Son trece salas del piso superior donde se expone parte del tesoro encontrado por Howard Carter en 1922. El ajuar funerario de Tutankamón es el único en la historia de Egipto que fue hallado intacto y consiste en una gran colección de más de 5000 objetos pertenecientes al faraón que debían asegurar su supervivencia en el Más Allá. Entre ellos, encontramos ofrendas, amuletos y joyas, muebles, alimentos, armas, estatuas votivas y objetos personales que representan el documento histórico más valioso de la historia de la arqueología.

Por su valor histórico y artístico, una parte muy importante del ajuar son las numerosas estatuas halladas en la tumba como los dos ka del faraón, a tamaño natural, que protegían la entrada a la cámara, las representaciones de divinidades, los shabtis con la imagen del faraón en dististas actividades y los ushebits,  figurillas que representaban a los criados mágicos que seguian sirviendo al faraón tras su fallecimiento. También encontramos gran numero de joyas, de exquisita factura y extraordinaria belleza, como collares, brazaletes, y pectorales. El mobiliario del faraón representa un ejemplo extraordinario del lujo palaciego que envolvía la vida del faraón. El ajuar incluye recipientes de la mejor factura, los vasos canópicos, camas ceremoniales decoradas con animales sagrados y dos carros de combate. Quizás, la pieza más importante del mobiliario sea el trono real, recubierto de oro y ricamente adornado con escenas que muestran al faraón y su esposa en una escena intima.


                                        


Tanto o igual de importante eran los elementos que cubrían y la momia del faraón. Una tras otra, el museo expone las cuatro capillas de roble y revestidas de pan de oro que guardaban el sepulcro, la más grande de casi tres metros de altura. En su interior, cuatro sarcófagos más protegían el cuerpo embalsamado de Tutankamón. Dos de ellos descansan aquí. Uno es el segundo sarcófago, de madera con pan de oro e incrustaciones de piedras semipreciosas y pasta de vidrio coloreada; el otro es el sarcófago interior, el último de ellos, hecho íntegramente de oro macizo e igualmente embellecido. Y presidiendo la sala se encuentra la pieza más buscada del museo, la imagen más representativa del país y de toda la cultura egipcia, sin duda, una de las obras más importantes de la historia del arte universal: la máscara mortuoria del Tutankamón.


                    


Esta deslumbrante máscara cubría la cabeza y los hombros del rey difunto y está hecha completamente de oro macizo con incrustaciones de lapizlázuli, coralina, cuarzo, obsidiana, turquesa y pasta vítrea. Representa al faraón con formas osiríacas y con un marcado estilo amarniense como muestran sus ojos almendrados y labios carnosos. Porta el habitual tocado nemes, la barba faraónica y un pectoral que utiliza las piedras semipreciosas para aportar color de manera magistral. Sin duda, estamos ante una obra de arte bellísima que nos hace soñar con aquel pasado y nos sonríe sabiendose cómplice de su poder.


                                        


Visitar el Museo Egipcio de El Cairo es una experiencia única, alucinante, que te hace viajar al corazón de la cultura egipcia. Recorrer sus salas, perderse por sus pasillos,  acercarse y encontrarse frente a obras de arte milenarias es en definitiva, la mejor forma posible de conocer el maravilloso legado artístico que esta civilización nos dejó como parte de su glorioso pasado y ahora patrimonio de toda la humanidad.






LAS OBRAS DESTACADAS


Por una feliz coincidencia, el ejemplo más antiguo de escultura real a tamaño natural que ha sobrevivido hasta nosotros es el del primer gran faraón del Reino Antiguo. La estatua de Zoser, con su rostro de piedra y su aura inmortal es una de las más majestuosas del arte egipcio. (Seguir leyendo...)

El primer documento histórico de Egipto lo encontramos en la Paleta del rey Narmer, un utensilio cosmético que retrata al monarca fundador de las dinastias faraónicas y unificador del país. (Seguir leyendo...)


Esta Triada de Micerinos es la pieza más importante de todo el conjunto  de estatuas halladas por George Reisner en las proximidades del templo de Guiza. La escultura destacó desde un primer momento por su realismo, calidad y austera belleza, cualidades que la han convertido en una de las obras más emblemáticas del Museo de El Cairo. (Seguir leyendo...)


Las Ocas de Meidum son uno de los ejemplos más bellos de la antigua pintura egipcia. Su delicadeza y  naturalismo decoró las paredes de la tumba de Nefermaat, datada en unos 4.500 años, hasta que fueran descubiertas por Auguste Mariette y trasladadas al Museo del Cairo donde hoy continúan asombrando al público con su modernidad atemporal. (Seguir leyendo...)

Las estatuas de Rahotep y Nofret son una de las obras maestras del Museo de El Cairo y también uno de los mejores ejemplos del arte realizado durante el antiguo imperio egipcio. La extraordinaria habilidad del escultor consigue trasmitir una fuerza y realismo a las estatuas comparables a cualquier obra contemporánea, algo sorprendente para unas esculturas... (Seguir leyendo...)





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