lunes, 3 de octubre de 2016

Arquitectura defensiva contra ataques piratas



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Monográficos | Piratas

ARQUITECTURA DEFENSIVA CONTRA ATAQUES PIRATAS

CENTINELAS DE LAS COSTAS





FORTALEZAS COLONIALES DEL MAR CARIBE

LA DEFENSA DEL PARAÍSO




El mar caribe es mucho más que sol y playa. Su perímetro costero alberga el mayor sistema defensivo construido en su tipología repartido en más de 20 países del continente americano. Fue edificado para defender las nuevas tierras conquistadas españoles, ingleses y franceses y para proteger las rutas marítimas que atravesaban la Carrera de Indias cargadas de oro. Este patrimonio se materializa en más de 50 fortificaciones repartido por la República Dominicana, Colombia, Panamá, Jamaica, Cuba, México o Puerto Rico.

La arquitectura militar se ha llevado a cabo en determinados períodos de desarrollo científico-técnico y ha estado condicionada siempre a multitud de factores, una combinación de elementos que la ha mantenido en una constante evolución y adaptación en el tiempo. Sus patrones constructivos se han modificado, se han adecuado y se han modernizado a través de la historia a fin de responder las nuevas necesidades de estas construcciones.

El patrimonio de las fortificaciones surge y se desarrolla en América entre los siglos XVI y XIX. Específicamente, en la región del Mar Caribe, España estableció un itinerario de ida y retorno, denominado Carrera de Indias, que hoy tiene una gran connotación histórica y cultural por el tráfico de oro, plata y artículos suntuosos extraídos de los virreinatos del Perú y Nueva España. Estas fortificaciones tuvieron la misión de garantizar la estabilidad comercial y la protección de las nuevas colonias del contrabando, el corso y la piratería.




A partir del siglo XVI se origina una arquitectura para la defensa, armónica, equilibrada, proporcional, monumental y funcional. El siglo XVIII, a su vez, incorpora la influencia de los clásicos de la arquitectura militar, sintetizando una obra perfeccionada capaz de adaptarse a la geografía de cada región.

Un ejemplo de modernidad e identidad se identifica en los materiales de construcción y en la variedad de diseños geométricos elaborados por expertos ingenieros militares. La piedra coralina y la de cantería se utilizaron para levantar grandes muros de sillares que debían soportar  armas de fuego con gran poder de penetración. La madera, para los trabajos de carpintería; el hierro, para puertas, ventanas y rejas; y la teja destinaba a las cubiertas de las edificaciones complementarias como cuarteles, almacenes de alimentos, caballerizas, etc.

Las trazas de la mayoría de las fortificaciones son geométricas y aunque los accidentes geográficos no permitieron que siempre fueran regulares, no perdieron estas perspectivas. Cada tipología respondía a una determinada función: torres homenaje, fortalezas abaluartadas, murallas, baterías, polvorines y casas de guardia son testimonios de una obra legada por prestigiosos ingenieros, maestros de oficio y una mano de obra heterogénea de esclavos, prisioneros y obreros asalariados.

Tampoco se quedan atrás los bienes muebles, que se conservan en las fortificaciones como cañones y cureñas, campanas, escudos, inscripciones y dibujos sobre piedra para dejar constancia de las fechas significativas e históricas, pinturas murales que dejan huellas iconográficas de embarcaciones de diferentes épocas y otros elementos necesarios en este tipo de construcciones.


Si nos atenemos a su tamaño, las fortalezas más importantes fueron construidas en las colonias españolas ya que son las que más tiempo han permanecido en estos puntos geográficos, algunas con más de cuatro siglos de antigüedad. Ingleses y franceses se establecieron en islas más pequeñas y, por lo tanto, el tamaño de sus sistemas defensivos fue inferior. A continuación vamos a planear por algunas de estas fortificaciones caribeñas.


                                        


Castillo de San Lorenzo el Real de Chagre. 1598-1601. Portobello. Panamá 

El primero de nuestros destinos se encuentra en la capital de Panamá. Testigo mudo de batallas y ataques piratas, el Fuerte de San Lorenzo se yergue desde finales del siglo XVI en la costa caribeña de Portobello. El también llamado Castillo de San Lorenzo el Real, protegía la entrada del rio Chagres, ruta de penetración a la ciudad de Panamá y una de las vías comerciales más importantes del Nuevo Mundo.

La estructura original era la de un fuerte avanzado, rodeado de empalizadas llenas de tierra que servían de muros. Su valor defensivo radicaba en el sitio que domina una amplia extensión del mar, lo que facilitaba la defensa de la desembocadura del río. Por ello se le consideró como centinela del gran triángulo estratégico del istmo.

La fortaleza está construida sobre un relleno en dos niveles,  comunicados por una escalinata y una rampa que facilitaba el traslado de pólvora, agua o alimentos rodando en barriles. Se aprecia aún el aljibe en el que se recogía el agua de lluvia, el puente levadizo que circunda los muros de piedra, el camino de la ronda, algunas garitas de ladrillo o el patio de armas donde la guarnición dominaba el horizonte.

Esta fortaleza fue asaltada en 1570 por uno de los piratas más famoso de la historia, el corsario Henry Morgan, antes de su saqueo a Portobello. Derribado y reconstruido en varias ocasiones a lo largo de los siglos, el Fuerte de San Lorenzo, fue declarado Patrimonio mundial de la humanidad en 1980.


                                        


Castillo de San Felipe de Barajas. 1657. Cartagena de Indias. Colombia

La siguiente parada de nuestra travesía nos traslada a Colombia donde se levanta el Castillo de San Felipe de Barajas. Es la construcción militar más grande del caribe español y uno de los mayores atractivos de la ciudad de Cartagena de Indias.

Cartagena siempre fue una plaza deseada por piratas y enemigos de la Corona Española, por esta razón la defensa de la ciudad fue una cuestión prioritaria desde las primeras décadas de existencia de la ciudad. Una vez fortificado el primitivo núcleo de Cartagena, se contempla la necesidad de emplazar en el cerro de San Lázaro una estructura que impidiera un ataque enemigo desde su cumbre, ya que ésta dominaba las murallas y la única entrada a la ciudad.

Entre sus partes podemos destacar: la entrada principal, la plaza de armas, una garita de guardia, la residencia del castellano, el tendal para el artillero, varias galerías subterráneas y algunos almacenes de pólvora.


                                        


Castillo de Los Tres Reyes del Morro. 1589-1630. La Habana. Cuba

De Cartagena de Indias tomamos rumbo a Cuba para sobrevolar una de las fortalezas más bellas del Caribe: el castillo del Morro.

El Castillo de los Tres Reyes del Morro fue erigido entre los años 1589 y 1630 con la finalidad de proteger la entrada al puerto de La Habana. Se alza en un saliente rocoso conocido como El Morro sobre el Océano Atlántico. El maestro de campo Juan de Tejeda, y el ingeniero militar Bautista Antonelli fueron los encargados de diseñarlo por orden del rey de España.

La fortaleza fue concebida con forma irregular poligonal, muros de tres metros de grosor y profundos fosos, elementos todos ellos que la confirman como un gran ejemplo de arquitectura militar renacentista. Además, una serie de terrazas descendentes la dotan de una elegancia armónica natural que la mimetizan con el enclave rocoso de la isla.

Sus muros soportaron ataques de corsarios holandeses, franceses e ingleses por más de un siglo y llegó a ser propiedad británica durante algunos años después de que en 1762, una fuerza de catorce mil hombres y tras un asedio  que duró 44 días, lograra capturar El Morro.

Actualmente, el castillo alberga el Museo Marítimo Nacional y forma parte del Parque Histórico Militar Morro-Cabaña.

                                         


Castillo de San Felipe del Morro. 1539-1587. San Juan. Puerto Rico

La última parada de nuestro viaje por el Mar Caribe aterriza en uno de los lugares más fotografiados de Puerto Rico, es El Castillo de San Felipe del Morro.
Reconocido en 1983 como Patrimonio Mundial, este castillo fue construido por los españoles para defender la entrada de la bahía de San Juan. En 1595, la primitiva fortaleza fue atacada sin éxito por el corsario más importante de Inglaterra, Sir Francis Drake. Por ello, la corona española mandó a los ingenieros militares Juan de Tejeda y Bautista Antonelli la reedificación del edificio, los cuales rediseñaron la apariencia actual del Castillo de San Felipe.

Existen otras construcciones repartidas por el Caribe que custodiaron igualmente las colonias americanas, son muchas, como la de San Felipe en la República Dominicana, las ruinas de la ciudad de Port Royal en Jamaica o el Castillo de San Marcos en San Agustín, Florida, EE.UU.


                                        


A partir del último cuarto del siglo XX este patrimonio puso en valor sus valores históricos, culturales y patrimoniales. Esperamos que este viaje ayude a defender y proteger este legado tan diverso para el disfrute de las actuales y futuras generaciones.









TORRES DE VIGILANCIA COSTERAS EN ESPAÑA

¡MOROS EN LA COSTA!




Las torres de vigilancia costera son una serie de edificaciones militares construidas en España durante los siglos XVI y XVII para la defensa del territorio. Estas torres centinela formaron parte de un cinturón defensivo contra ataques marítimos que recorría todo el litoral este y sureste de la península. Hoy día pueden verse principalmente en Murcia, Alicante, Málaga y Almería.

Muchas de ellas desaparecieron, otras se encuentran en ruinas o se han reconvertido en faros y sólo unas pocas han sido restauradas y protegidas. Con un poco de tiempo libre, protección solar y gasolina podemos hacernos una buena idea del patrimonio histórico-artístico que nuestra provincia atesora bajo el sol de sus playas. Y eso hemos hecho.

La piratería ha estado ligada a nuestra península desde el mismo nacimiento de la navegación. Pueblos del mar, romanos y vikingos asediaron nuestras costas en la antigüedad pero no fue hasta el siglo XVI cuando estos ataques supusieron para España un verdadero problema en su defensa.

Hasta el siglo XVII, en que los frentes principales se trasladaron al océano Atlántico, la guerra se decidía en el Mediterráneo. Pero estas aguas de bajo bordo presentaban unas formas diferentes de navegación. El Mediterráneo, por ser un mar relativamente tranquilo, permitía naves más ligeras a los grandes galeones trasatlánticos, del tipo galera o galeote, embarcaciones de poco calado, perfectas para el  desembarco en playas y rápidas en caso de retirada. Por ello, los ataques a navíos y poblaciones costeras fueron una constante a la que tuvieron que hacer frente nuestros más antiguos antepasados.


                                        


A lo largo de todo el litoral mediterráneo podemos definir un cuadro del corso en España con los cinco grandes cabos de la costa española: el cabo de Creus, junto a Cadaqués, en Cataluña; el de San Martín, cerca de Jávea, en Alicante: el cabo de Palos, en Murcia; el cabo de Gata, en Almería, y Gibraltar.

A principios del siglo XVI salieron de Granada miles de moriscos expulsados a Berbería y desde el asentamiento turco en Argel en 1516, toda la costa del Mediterráneo español se vio amenazada por los ataques de estos piratas berberiscos. Eran los mofíes, musulmanes proscritos llagados de maltratos, injusticias y  deseosos de venganza.

Entre todos ellos caben destacar las figuras de  los hermanos Aruch y Jeireddin Barbarroja, piratas al servicio del imperio Otomano que en pocos años lograron construir uno de los reinos corsarios más importantes de la historia.




El rey Carlos I necesitaba proteger las costas españolas pero las arcas del estado, mermadas por sucesivas y costosas guerras, no podían asumir un proyecto de tal envergadura. Finalmente, se dispuso un sistema impositivo local, trasladando a los pueblos y ciudades costeras la responsabilidad de defenderlas no sin antes fortificarlas con torres y baterías de defensa.

Así en 1526, se levantaba la torre de La Encañizada en La Manga del Mar Menor, en 1539 el Concejo de Lorca edificaba el fortín de la Torre de Cope y en 1557 se terminaba la torre de la Isleta de El Campello, en Alicante.

El siglo XVI fue el comienzo de un sistema defensivo que culminó Felipe II durante el siglo XVII armando el litoral mediterráneo de construcciones defensivas, torres y fortalezas de  imponentes fachadas con vistas panorámicas de enorme belleza. Esta empresa recuperó también antiguas torres centinelas de origen musulmán que aún se conservan tras su restauración.


                                        


Desde este promontorio de Torrevieja se alzaba la antigua torre de Cabo Cervera, una de las más antiguas del Reino de Valencia, construida para avistar la llegada de piratas berberiscos a comienzos del siglo XIV.

La Torre del Moro, como se conoce en la actualidad, formaba parte de un sistema de torres costeras que la hacían visible desde el Castillo de Guardamar y la antigua torre vieja de la ciudad, hoy desaparecida. Su aspecto ha variado mucho a lo largo del tiempo debido a sucesivas restauraciones, siendo la de 2006 la que le otorga su imagen actual.

La función en la defensa de las ciudades fue tan importante para sus habitantes que dieron nombre a poblaciones como Torrevieja o Torre de la Horadada y su recuerdo queda patente  en muchos casos en sus escudos de armas.




En 1568, Vespasiano Gonzaga y Juan Bautista Antonelli, prestigioso ingeniero militar de Felipe II, diseñaron un sistema basado en torres costeras que permitieran alertar de la llegada de naves enemigas y defenderse de sus ataques. Dentro de tan ambicioso plan, entre los siglos XVI y XVII, se levantaron gran parte de las torres costeras que se conservan en la actualidad.

Juan Bautista Antonelli fue el primero de una saga familiar de ingenieros militares con origen italiano que trabajaron para la Corona Española durante los siglos XVI y XVII. Tanto el primero, como su hermano Bautista Antonelli y el hijo de éste, Bautista Antonelli ‘el mozo’, diseñaron y supervisaron la construcción de torres y fortalezas defensivas tanto en la península como en las nuevas colonias americanas.

La mayoría de las torres seguían un modelo tradicional de planta cilíndrica con forma tronco-piramidal aunque también encontramos algunas cuadradas o hexagonales. Por lo general, se levantaban con mampostería sobre una base o plinto a partir de la cual se asentaba el primer cuerpo de la torre, realizado en tierra poco compacta para absorber el impacto de las balas.

La altura y el diámetro variaban en función de las características geográficas y la vulnerabilidad de la zona. Según fuera la extensión del territorio a proteger podemos encontrar desde fortalezas abaluartadas tan grandes como castillos como el de Guardamar o Denia, torres-fortín como la torre de Cope en Águilas o torres centinelas como la del Charco en Villajoyosa o la del Marenyet en Cullera.

El espacio interior se estructuraba en una o dos plantas, tres si contamos la azotea, de entre cuatro y seis metros de altura por piso.  Sobre el cuerpo inferior estaba la puerta, a la que se accedía por una escala que podía ser retirada para evitar la entrada del enemigo en caso de ataque.

                                      


El primer piso estaba provisto con un aljibe, una primitiva cocina con chimenea y una despensa, en la mayoría de los casos, y su techo era de ladrillo abovedado. La segunda planta se destinaba a la estancia de los torreros y al almacén de artillería; se accedía a través de una escalera de caracol embutida en el muro que llegaba hasta la azotea. Las paredes contaban con estrechos vanos que ofrecían visibilidad desde el interior de la torre y daban luz y ventilación a la estancia. La parte superior estaba almenada y era el puesto de vigilancia donde la guardia oteaba el horizonte y daba la señal de alerta en caso de ataque. Aquí se disponía la artillería sobre un pretil o parapeto que permitía orientar los cañones en la dirección que fuera necesaria.

En caso de ataque, sobre la terraza de la torre se realizaban ahumadas si era de día y fogatas durante la noche, que avisaban al resto de torres, iglesias y poblaciones colindantes. Del mismo modo, las torres del litoral servían de refugio para los pescadores a la espera de la llegada de la ayuda desde los pueblos y ciudades.

Por su parte, las torres post-litorales tenían la función de replicar el aviso hacia el interior con nuevas ahumadas o fogatas, al tiempo que servían de refugio, en caso necesario, a los campesinos de los alrededores. La torre de Tamarit emplazada en el Parque Natural de las Salinas de Santa Pola es un buen ejemplo de esta tipología de torres.

A pesar de la aparente modestia de su arquitectura y del estado en el que se encuentran, estas torres y fortalezas fueron obras de vital importancia para nuestros antepasados, en las que se invirtieron grandes recursos y por las que pasaron algunos de los mejores ingenieros y militares de su tiempo. Y es que las playas en las que hoy nos tumbamos para descansar plácidamente fueron durante muchos siglos cualquier cosa menos lugares de descanso. Yo, por si acaso, seguiré mirando al horizonte.


                                        




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