El Tribunal del Santo Oficio español tenía la potestad monárquica de castigar a la población que atentara contra la pureza del catolicismo. No fue tan cruel como la pintan algunos historiadores, sobre todo extranjeros, pero sí purgó la Península Ibérica de lo que consideraba herejes al dogma que imperaba en sus reinos: castigó con alevosía a moriscos, judíos, brujas o hechiceros. También persiguió delitos menores como la blasfemia, la bigamia y algunas pintorescas prácticas supersticiosas.
La mayor parte de las causas perseguidas se relacionaban con opiniones que se desviaban de la ortodoxia de la Iglesia, consideradas heréticas. Otras causas eran difícilmente clasificables, como comer carne en vigila, presentar denuncias falsas, ofrecer misa sin ser sacerdote, tener libros prohibidos, prestar falso juramento, romper una imagen, guardarse la hostia después de comulgar,… Algunos de los castigos consistían en azotes, condena a galeras o cadena perpetua.
No obstante, la pena máxima era la ejecución del reo en la hoguera. Para lograr confesión la Inquisición no mostró remilgos a la hora de emplear diversos métodos de tortura que excedían en crueldad; como por ejemplo la rueda, un suplicio que consistía en atar al reo en una cruz de San Andrés, de modo que sus brazos y piernas formaran una X. De esta guisa el verdugo con la ayuda de una barra de hierro le iba dando un número nunca superior a 11 golpes, reservándose los últimos para quebrantar las costillas al reo.
Con la cuna de Judas, la víctima era izada verticalmente y descendida sobre la punta de una pirámide de tal manera que su peso reposaba sobre el punto situado en su ano, vagina o bajo el escroto. La presión de la víctima sobre el artefacto era variable, se le podía sacudir o hacerla caer repetidas veces sobre la punta. Mientras, la Garrucha o péndulo ataba las manos del reo a la espalda y se le elevaba hasta causarle la dislocación del húmero. También existían más castigos curiosos, como el aplastapulgares, el violón o la doncella de hierro, que consistía en un sarcófago lleno de clavos en su interior estratégicamente situados para no causar la muerte inmediata, sino heridas mortales de necesidad que prologarían la agonía del condenado.
Crueles además eran el potro, las sillas de interrogatorios con clavos y pinchos, los desgarradores de senos, la pera oral que se utilizaba en el ano y/o vagina del condenado/a, o la toca, que se basaba en la introducción de un paño en la boca hasta la garganta; se le echaba agua con una o varias jarras que iban dilatando el estómago.
DOCUMENTACIÓN
- Museo de Tortura de Santillana del Mar
- www.diariodelviajero.com
- www.lugaresconhistoria.com