lunes, 22 de julio de 2019

Máscara de Tutankamón | 1354-1340 a.C. | Museo Egipcio de El Cairo | Egipto




OBRAS ANALIZADAS

LA MÁSCARA DE TUTANKAMÓN


1354-1340 a.C. | Museo Egipcio de El Cairo | Egipto





Es uno de los objetos más icónicos del mundo, su rostro es el más conocido de la antigüedad y miles de personas la contemplan cada año. La máscara de Tutankamón es una de las obras de arte más importantes del mundo y sin duda, la estrella de Egipto. El descubrimiento de su tumba, realizado por Howard Carter en 1922, representa un momento crucial en la historia de la arqueología por tratarse de la única tumba real hallada intacta en el Valle de los Reyes y por lo tanto, con todo su ajuar funerario: un tesoro de incalculable valor formado por más de cinco mil objetos.


El Museo egipcio de El Cairo conserva una de las colecciones de arte más importantes del mundo. Recorrer sus pasillos es una experiencia única que te hace viajar en el tiempo hasta el corazón de la época faraónica a través de las  reliquias, obras de arte y restos arqueológicos que atesoran sus salas. Muchas de las piezas expuestas representan verdaderas obras maestras de arte egipcio, algunas con más de tres mil años, pero por encima de todas destaca la exuberante máscara funeraria del rey Tutankamón.

Ésta preciosa máscara mortuoria representa la pieza artística más importante del tesoro hallado por Howard Carter en el interior de la tumba, un tesoro formado por más de cinco mil objetos con los que fue enterrado el, hasta ese momento, casi desconocido rey Tutankamón. El hallazgo de su tumba en 1922, su deslumbrante tesoro así como también el mito de la maldición que rodea su figura ha convertido a Tutankamón en uno de los protagonistas más populares de nuestro pasado.





El faraón niño

Tutankamón fue el último faraón de la XVIII Dinastía del Imperio Nuevo, un faraón intrascendente, sin apenas importancia en la historia de Egipto, que llegó al trono con tan solo diez años y cuyo reinado apenas duró otros diez. Fue un gobernante de transición en un momento de crisis política cuando se ponía fin al periodo de Amarna. Fue el encargado de recomponer el estado y el sistema teocrático después de que su padre Amehotep IV, el faraón hereje, aboliera el politeísmo en favor a un solo dios, Atón, el disco solar. Poco más se conoce de este casi olvidado y joven rey del que hasta su muerte resulta ser un misterio. La mayoría de los expertos afirman que este faraón tuvo problemas al caminar debido probablemente a una malformación congénita y que falleció a consecuencia de una artrosis degenerativa; por el contrario, otra teoría defiende que su muerte fue producida por una fuerte fractura encontrada en la parte dorsal del cráneo. Ésta se habría producido según algunos investigadores debido a una caída en carro, sin embargo otros estudios van más allá y vinculan su muerte directamente a una conspiración. Lo que es seguro es que Tutankamón murió a una edad muy temprana, entre los 18 y los 20 años según ha revelado el estudio de su momia y de manera imprevista. Su nombre ha pasado a la historia por ser el único faraón cuya tumba no fue saqueada en el pasado y fue descubierta intacta con todo su ajuar funerario, sus sarcófagos, etc. El descubrimiento de su tumba marcó un hito en la historia de la arqueología y forma parte de uno de los capítulos más apasionantes del siglo XX y, casi diría, de la historia de la humanidad.


                                         


El nombre de Tutankamón quedará unido para siempre al de su descubridor, el arqueólogo británico Howard Carter, un personaje fundamental en la historia de Egipto, que con su sensacional hallazgo generó el interés de toda la comunidad internacional y convirtió a la antigua civilización del Nilo en el centro de todas las miradas de la sociedad occidental a principios del siglo XX desatando una auténtica egiptomanía.




Los protagonistas: Howard Carter y Lord Carnarvon

Howard Carter, nacido en Londres en 1874, comenzó su carrera como ilustrador para la sociedad de egiptología inglesa con tan solo 17 años. Dotado de una vasta cultura, adquirió una buena experiencia práctica excavando junto a William Petrie y Theodore Davis en Deir el Bahari hasta que fuera ascendido a inspector de Antigüedades en El Cairo. Su formación no era estrictamente académica, su carácter era obstinado y sus teorías no siempre eran compartidas por sus colegas, sin embargo su dedicación y constancia le hizo ganarse un nombre entre la élite social del país. En 1907, George Edward Herbert, V Conde Carnarvon, un rico y excéntrico inglés aficionado a la arqueología se hallaba en el Valle de los Reyes dispuesto a encontrar un valioso tesoro. Por ello, cuando Lord Carnarvon comprendió que necesitaba un consejero y superintendente que dirigiera sus excavaciones, el respetado egiptólogo Gaston Maspero le indicó sin dudar el nombre de Carter.

La colaboración entre Lord Carnarvon y Howard Carter empezó ese mismo año, pero pasarían diez años más hasta que se emprendiera la auténtica campaña de excavaciones en el Valle de los Reyes. Cuando Carter empezó sus exploraciones, el valle ya había sido pasado por el tamiz a lo largo y a lo ancho por anteriores expediciones arqueológicas. Según el parecer de Theodore Davis, "el Valle de los Reyes ya estaba agotado”. Pero no para Carter, que a partir de 1917 examinaba el Valle con una finalidad precisa: la de localizar la tumba del faraón Tutankhamón.


                                        


Los años pasaban y la búsqueda daba resultados desalentadores: en 1922, Lord Carnarvon ya había invertido unas 50.000 libras esterlínas. Esa misión - afirmó - sería la última en Egipto. Obstinadamente, Carter excavaba en un triángulo de tierra comprendido entre las tumbas de Ramsés II, Mineptah y Ramsés VI. Tenía la absoluta certeza de que allí se encontraba la tumba de Tutankhamón. Howard Carter no se equivocaba y finalmente, tras más de diez años de búsqueda, su tesón e incesante trabajo daba sus frutos y obtenía su recompensa.




Descubrimiento

La mañana del 4 de noviembre de 1922, junto a la tumba de Ramsés VI salió a la luz un escalón de piedra, luego un segundo y así hasta doce peldaños bajando cada vez más que se detenían delante de una puerta sellada y tapiada a cal y canto. Los sellos no daban lugar a dudas, eran los de la necrópolis real. Sin perder tiempo, Carter hizo recubrir los peldaños y corrió a telegrafiar a Carnarvon dando noticia del hallazgo y solicitando su presencia. Lord Carnarvon llegó el día 23 a Luxor y al día siguiente se retomaron las excavaciones para liberar completamente la entrada de la tumba.

El 26 de ese mismo mes Carter lo vivió como "el día de los días ". Y, así lo escribió en su diario: "fue el día más maravilloso de toda mi vida, tan feliz que ya no viviré nunca más uno similar". Al encontrar una segunda puerta que mostraba los sellos regios de Tutankhamón aún intactos, Carter practicó una pequeña abertura e introdujo una barra de hierro con una vela atada a su extremo a través del agujero. Tras comprobar que no había presencia de gases, finalmente metió la cabeza a través de la brecha y, mientras sus asombrados ojos se acostumbraban a la oscuridad, "...emergían lentamente de las sombras los detalles de la cámara, extraños animales, estatuas y oro, por doquier el brillo del oro...". ¡Cosas maravillosas!, exclamó Carter con la voz empañada por la emoción al impaciente Carnarvon que, a sus espaldas, le preguntaba qué estaba viendo. Las cosas maravillosas de que hablaba Carter constituían el imponente ajuar funerario, conceptuado como uno de los más grandes tesoros de la antigüedad que ha llegado hasta nosotros intacto. Nunca antes en la historia de la arqueología se había producido un hallazgo de estas características no obstante, el procedimiento llevado a cabo por Carter, que estudió, catalogó, describió y fotografió in situ cada objeto, demostró un alto sentido de responsabilidad y una experiencia equivalente a su grandeza de arqueólogo.


                                       


KV62

La tumba de Tutankamón, conocida en el Valle de los Reyes como la KV62, sorprende desde un primer momento por sus reducidas proporciones y por poseer un sistema arquitectónico muy sencillo. No parece haber sido diseñada para un faraón, parece más bien diseñada para un noble y adaptada apresuradamente, como indica el hecho de que solo la cámara funeraria estuviera decorada con pinturas. Además, el cuerpo embalsamado del rey niño, devuelto de nuevo en la tumba, presenta un mal estado de conservación, factor que refuerza la teoría de uno rito funerario precipitado.




Accedemos a la tumba a través de una escalera descendiente de 16 peldaños que desemboca en una primera puerta sellada. Después de recorrer un pasillo en pendiente y una segunda puerta llegamos a la primera sala, la antecámara. Dentro de ésta habitación Howard Carter encontró más de 600 objetos amontonados en lo que describió como “un caos organizado”. La tumba, contradiciendo los grandes titulares del momento, sí había sido violada en la antigüedad, seguramente poco después de  ser enterrado el faraón y en al menos dos ocasiones. Afortunadamente, los ladrones solo pudieron llegar hasta la antecámara dejando intactas el resto de habitaciones. Dentro de esta sala encontramos otra más pequeña, denominada anexo, donde se depositaron alimentos, perfumes y pequeños ushebits. Desde la antecámara se accede a la cámara mortuoria, la parte más importante de la tumba, el lugar donde descansaba el faraón protegido por cuatro sarcófagos y cuatro capillas funerarias. Por último, adjunta a la cripta, un cuarto espacio denominado la cámara del tesoro contenía 500 objetos más.

Lo que Howard Carter encontró en aquellas apenas cuatro habitaciones representa la mayor colección de objetos antiguos hallados hasta la fecha y una fuente inagotable de información  que todavía hoy sigue aportando nuevos datos a la egiptología. Las cosas maravillas a las que se refería Carter forman parte de un ajuar funerario que comprende más de cinco mil objetos, un tesoro de incalculable valor que da testimonio de la grandeza y el poder que esta civilización llegó a alcanzar en la antigüedad y parte del cual se exhibe hoy en el Museo Egipcio de El Cairo.


                                         


Cámara funeraria

La cámara del sarcófago es la única de las cuatro habitaciones cuyas paredes fueron enseyadas y decoradas con pinturas que representan varios pasajes del libro de los muertos. En la pared norte, el sacerdote Ay, sucesor del trono, cumple el rito de la apertura de la boca al faraón difunto retratado con rasgos osiriacos. En el centro, Tutankamón, ataviado como un soberano, es acogido por la diosa Nut en el reino del Duat y a la izquierda, esta vez con tocado nemes, se presenta ante el dios Osiris que es abrazado por su ka en el Más Allá. Otras escenas muestran al faraón protegido por Anubis y Hathor, quien le transmite la vida eterna a través del ankh, su cortejo fúnebre y doce babuinos que simbolizaban las horas de debían pasar hasta que el rey difunto alcanzara la vida eterna.


                                        


La cámara funeraria estaba ocupada enteramente por cuatro gigantescos cofres en forma de capilla, construidos en madera recubierta de oro, que encajaban con exactitud uno dentro del otro. En el interior de este último se hallaban los cuatro sarcófagos que preservaban la momia del faraón, dos de los cuales permanecen todavía en la tumba. El primero de ellos está formado por un único y enorme bloque rectangular de cuarcita y encierra el segundo y excepcional sarcófago de formas antropoides, construido en madera y recubierto con una lámina de oro y piedras semipreciosas. El joven soberano está representado como Osiris, con los brazos cruzados sobre el pecho y sosteniendo las insignias reales. Los dos últimos sarcófagos resultaron aún más valiosos y se conservan en el museo del Cairo junto al resto del tesoro escondido. El segundo medía poco más de dos metros de largo y era también de madera revestida de una lámina de oro con incrustaciones; además lucía un elaborado collar en forma de halcón. El tercer ataúd dejó sin aliento a los descubridores al comprobar que sus 1’85 metros de longitud estaban hecho de oro macizo; su peso era de 110 kilos, cuyo solo valor material era inestimable. El rey, que lucía el tocado regio, una barba postiza y un pesado collar de cuentas, sostenía en sus manos el flagelo y el cetro. Este último sarcófago contenía la momia de Tutankamón, cuyo rostro estaba protegido por la exuberante y célebre máscara mortuoria de oro macizo que ha convertido a este faraón en el más popular del mundo.




Máscara

¡Salve, hermoso rostro, dotado de vista, hecho por Ptah-Sokar, dispuesto por Anubis, a quien Shu dio la elevación, el más hermoso rostro entre los dioses! Tu ojo derecho es la barca de la noche, tu ojo izquierdo es la barca del día, tus cejas son la Enéada, tu cráneo es Anubis, tu nuca es la de Horus, tu corona es Tot, tu trenza es la de Ptah-Sokar. ¡Condúcelo por buenos caminos, que golpee para ti a los aliados de Set, y derribe para él sus enemigos bajo él, junto a la Gran Enéada en el Gran Castillo del Príncipe que está en Heliópolis! ¡Toma los buenos caminos ante Horus, señor de los hombres!

Capítulo 151 del Libro de los Muertos, inscrito en el dorsal de la Máscara de Tutankamón.


Estamos ante de unas de las obras de arte más famosas de la historia y aunque la hayamos visto cientos de veces reproducida en libros y documentales, su deslumbrante belleza consigue nublar nuestra visión como si fuera la primera vez. El rostro del monarca es el emblema del país y representa como ninguna otra obra el exotismo y la opulencia del antiguo arte egipcio. En el antiguo Egipto las máscaras funerarias llegaron a ser una pieza fundamental en el ajuar funerario de individuos acaudalados, nobles y más todavía, de reyes. La función de este objeto era proteger y a la vez reproducir idealizadamente los rasgos del difunto. De este modo, la máscara contribuía a que pudieran perpetuar su identidad en el Más Allá, dando además a la momia un aspecto reconocible. Era un objeto intensamente mágico, propiciador de la vida eterna y a la vez, como toda máscara ritual, expresión de tránsito y de metamorfosis.

Esta espléndida máscara de oro macizo de 54 centímetros de altura y algo más de diez kilos de peso, protegía la cabeza, los hombros y la parte alta del pecho de la momia real. Los rasgos juveniles y gráciles forman un retrato idealizado del rey cuyo rostro, ligeramente alargado, con ojos almendrados, cejas curvas y labios carnosos, presenta los rasgos típicos del arte producido en Egipto durante el perídodo de Amanrna. Tutankamón lleva el tocado nemes alrededor de la cabeza, con solapas en los lados y un anexo en la parte posterior. Las bandas horizontales se forman usando pasta de vidrio azul que imitan el lapislázuli. La geometría de este emblema de poder, contrasta con las formas de la cara del monarca en la que predominan las formas suavemente curvas. En la frente del rey se pueden ver las figuras del buitre y la cobra simbolizando la soberanía de Egipto unificado.


                                        


Siguiendo la tradición de las máscaras funerarias egipcias, muestra al difunto con los sentidos atentos, despierto y vivo. Esta vivacidad queda especialmente plasmada en los ojos, reproducidos con cuarzo y obsidiana, subrayados por un perfil de lapislázuli que simula el maquillaje de kohol y que se extiende hacia las sienes. El resto de facciones se plasman únicamente en oro, sin más incrustaciones que otorguen color a las mejillas, a la estilizada  nariz, ni a los gruesos labios. No obstante, el cromatismo general de la máscara se consiguió gracias al excelente collar usekh formado por 12 amplias cadenas de abalorios de lapislázuli, cuarzo, amazonita y pasta de vidrio coloreada. También la barba postiza, que otorga un toque de distinción a la barbilla, realizada en oro y pasta vítrea azulada, aportan color a la obra.

La célebre máscara del rey es, por su belleza y maestría técnica, una de las más relevantes creaciones del arte faraónico y una de las obras de arte más remarcables en la historia de la humanidad. Howard Carter vio en la máscara una expresión de tristeza serena, otros han visto elegancia, solemnidad, sosiego, sobria riqueza… Algunos incluso han afirmado que su apacible sonrisa es tan enigmática como la de la Gioconda. Sea como sea, lo cierto es que su mirada resulta irresistible y cualquiera que visita el Museo de El Cairo se siente arrastrado por su atractivo estético, su fuerza catalizadora y su maravilloso pasado





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