lunes, 22 de enero de 2018

Cristo Yacente | Gregorio Fernández | 1627 | MNE | Valladolid




CRISTO YACENTE

Gregorio Fernández | 1627 | MNE | Valladolid




Este Cristo yacente datado en 1627 es una de las obras más importantes del escultor Gregorio Fernández (1576-1636). Fue tallado en madera policromada y contiene añadidos de asta, cristal, corcho, cuero y lacre. Sus dimensiones son de 43 centimetros de alto por 190 de largo y 73 de ancho  y procede de la  Iglesia de la Casa Profesa de Jesuitas, en Madrid. Actualmente se exhibe en la sala 15 del MNE de Valladolid.

Gregorio Fernández hizo todo un alarde en el estudio anatómico de este Jesús, en su cuerpo modélico, yacente, exhausto por los sufrimientos y con el rostro afilado por el dolor y la muerte. La escultura aúna sabiamente talla cuidada, policromía y postizos —dientes de marfil, ojos de cristal, pestañas de pelo, corcho en las heridas, uñas de asta—, y busca convencer religiosamente a través de un conseguido esfuerzo realista.

El artista parece captar y mostrar el desnudo humano para convertirlo en divino. Si bien la figura permite su contemplación desde todos los puntos de vista, hay uno que ofrece la visión más completa: el lado derecho, donde está la herida del costado, hacia donde vuelve la cabeza y se eleva la pierna izquierda, ofreciendo su desnudez. Pertenece a la serie más amplia del escultor, pues se conservan quince ejemplares que le son atribuidos, de los cuales, el del convento de los capuchinos del Pardo, el de San Plácido de Madrid y el de la catedral de Segovia se consideran sus mejores creaciones. 


                                        


LA MIRADA DE LA AGONÍA

“Al llegar los escultores genios de España, con más pensamientos y más idealidad, hicieron sus Calvarios poniendo su alma en la ejecución de los ojos. Y Mora y Fernández y Juni y el Montañés, y Saltillo y Siloé, y Mena y Roldán, etcétera, etc., supieron decir con dulzura dramática los ojos de Jesús... y los pusieron entornados, escalofriantes como Mora; o mirando al suelo con vidriosa convulsión como Mena; o hacia arriba llamando a la eternidad como el Montañés, o desencajados en su moribundez verdosa como Siloé. Ya estos supieron que, aunque en el cuerpo una contorsión diga mucho, dicen mucho más unos ojos en la agonía. Y pusieron en los ojos todo el sufrimiento de aquel cuerpo ideal... Pero en todos los crucificados hay ese algo de abandono a lo irremediable expresado en la colocación de las cabezas inclinadas, impregnadas de esa invisible blancura crepuscular que da la muerte, porque la muerte es siempre mística.”



Federico García Lorca, los Cristos, 1918





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